Siempre empieza al mediodía en un lienzo charro polvoriento, con enérgicos saludos sobre las alas de sombreros relucientes y con jinetes con grandes bigotes en trajes de tres piezas.
Aquí en el Valle Central de California, en Winnemucca, Nevada, y en Joliet, Illinois, un creciente número de méxico-estadounidenses de clase media pasan las ociosas tardes de verano en las charreadas: parte rodeo, parte fiesta y uno de los eventos deportivos más venerados de México, que data del siglo XVII.
Marcos Franco, de 51 años, contratista de instalación de pisos, de Tracy, California y representante de Estados Unidos ante la Federación Mexicana de Charrería, dice: “Vivimos para la charreada”.
En lienzos charros de propiedad familiar, donde se respira el aroma de cerdo frito y charros de edad preescolar practican sus suertes con la reata bajo los almendros, la tradición prospera, con 200 equipos oficiales en 12 estados, entre ellos 40 equipos femeniles de escaramuzas charras (jinetes de precisión), cuyas maniobras complicadas asemejan un ballet ecuestre.
Hoy la charreada, estrictamente amateur, enfrenta su mayor reto. Después de las críticas de activistas defensores de los derechos animales y activistas anti-rodeo, ocho estados han tomado medidas enérgicas en la última década, principalmente las manganas a pie y a caballo, tradición de siglos que consiste en lazar y atrapar las piernas delanteras de una yegua en plena carrera, cosa que puede causar serias lesiones. Como resultado, ningún charro en la federación practica esta suerte.
En una ley que entró en vigor en julio, Nebraska prohibió el coleadero, en la que se alcanza la cola del novillo, se enreda debajo del estribo y se derriba.
Para quienes pasan sus fines de semana en las gradas polvorientas, estas nuevas leyes parecen convertir, injustamente, su cultura en un blanco. Ellos argumentan que otros deportes que involucran lesiones potenciales, como adiestramiento de caballos, polo y carreras de pura sangre continúan relativamente ininterrumpidas.
“A veces siento que somos las brujas en Massachusetts”, dijo Franco, cuya federación establece las reglas y regulaciones para las charreadas.
Para muchos de los jinetes, el sentido de historia lo es todo. “Te emocionas, porque todo el mundo te está viendo representando una tradición mexicana”, dijo Elizabeth Solis, estudiante de segundo año en el San Joaquin Delta College, quien practica con su equipo de escaramuza charra dos veces a la semana. “Es diferente a ir de compras a Nordstrom’s, ir al cine y andar sin dinero, como mis amigos”.
Mientras que los jinetes del rodeo estadounidense enfatizan la velocidad, los charros son juzgados por su fineza y por el floreo con la reata. El caballo desempeña el papel central, simbolizado por el gran final, el paso de la muerte, en el que un charro salta del lomo a pelo de su corcel a todo galope a una yegua salvaje.
El deporte no es barato: tan sólo el sombrero puede costar de 200 a 2.500 dólares.
Las charreadas contrastan con el pasado elitista de este deporte: durante la década de los 30, era promocionada como el polo mexicano por los citadinos desplazados de sus haciendas en la Revolución Mexicana.
El anhelo por la vida de charro también puede afectar a los no mexicanos. Larry Holmes, oficial de policía afroamericano, de 54 años, de San José, California, tiene un bigote estilo Pancho Villa y una reata en su auto patrulla. “Ese es mi trabajo de medio tiempo”, dijo Holmes, en referencia a su trabajo como policía. “Mi trabajo de tiempo completo es ser charro”.