Durante siglos, las personas que escriben cartas se han preguntado si sus misivas llegarán a sus pretendidos destinatarios.
Hoy, claro, enviamos correos electrónicos que viajan en segundos. Pero de vez en cuando no tenemos respuesta y nos preguntamos si nuestro mensaje fue recibido.
Cuando soy el destinatario de un correo electrónico, me incomoda cuando un remitente, que busca la tranquilidad de saber que su envío llegó bien, me envía un aviso solicitándome que le dé un click para confirmar que recibí su mensaje. Me niego a hacerlo.
¿Por qué? No sé. Quizá es como la desagradable situación de que te entreguen una carta certificada de un acreedor al que no le has pagado.
Un correo electrónico usualmente da varios saltos al atravesar de un router al siguiente. Cada router puede ver sólo tan lejos como el siguiente salto. Una vez que entrega, no tiene forma de rastrear el progreso del mensaje.
El estándar básico del email siempre ha permitido que el servidor del destino responda con un mensaje de error si el mensaje original no puede llegar a su destino.
Sin embargo, si no aparece ningún mensaje de error, ¿puede el servidor donde se originó el mensaje asumir que el mensaje llegó sano y salvo? No necesariamente.
Un servidor mal configurado en cualquier parte de la ruta entre remitente y destinatario puede fallar en hacer llegar el mensaje.
El problema que hace que un mensaje se pierda también puede evitar que el remitente reciba un reporte de que no llegó. En esos casos, el correo desaparece en el limbo. Las funciones que permiten al servidor final decirle “mensaje recibido, todo está bien” al servidor donde se originó el correo, fueron agregadas en los 90 y benefician a todos. Sin embargo, lo que sucede después de eso es asunto privado del destinatario. Las solicitudes que permiten una confirmación de recibido son invasivas, como si un extraño saltara de la pantalla y exigiera una respuesta.