sábado 02 de agosto del 2008 Columnistas

El voto a conciencia

Ya alguna encuestadora me llamó por teléfono a preguntarme si  tengo decidido mi voto para el referéndum. Ya me impaciento frente a los discursos simplistas que me empujan por el Sí o por el No, con exaltadas exhortaciones a apoyar la “Constitución más democrática de la historia” o a rechazar la Carta Magna que “no defiende el derecho a la vida”. Frente a la inmediatez de las campañas atosigantes hay que buscar un equilibrado punto medio que empiece por reconocer cuán confundida está la mayoría respecto de su cercana obligación del voto.

Si bien los diarios de la ciudad parecen intentar alguna orientación sobre los alcances de la nueva propuesta, no hay claridad completa ni siquiera en los electores formados. ¿Por qué, entonces, no sostener las posturas con verdaderos movimientos de instrucción?  Este es el momento perfecto para demostrar cuán creyente es el Gobierno en los procesos educativos y cuánto confía la oposición en el peso de sus argumentos, para llegar a la comunidad con sus discursos. Debería tratarse, como siempre que apelamos a las fenómenos de masas, de educar, no de manipular.

Veo reproducirse la inquietud sobre las diferencias específicas de los textos constitucionales. Algún grupo quiere buscar a un abogado o abogada para reunirse periódicamente a analizar en qué cambiaría el futuro económico y político de este país con la flamante propuesta. Se habla entre los jóvenes en muy variada actitud: con amarga desesperanza, con olímpica indiferencia, con disgusto por la imposición del “deber cívico”. Un buen número aspira a formar parte de una sociedad en que no fuera obligatorio sufragar sino recibir una formación que llevara a los ciudadanos, de manera convencida, hacia  el voto libre y a conciencia.

Es difícil combinar la asunción de la trascendencia del próximo referéndum, con los hechos de la vida diaria. A pesar del innegable desempleo, hay cantidad de personas que tienen jornadas abarrotadas de deberes laborales, padres de familia que corren a sus hogares a atender a los hijos dejados en otras manos, gente joven que combina precariamente trabajo y estudio. ¿Cómo armonizar entonces estas realidades con la lectura y la reflexión sobre lo que vamos a aprobar con un solo adverbio el día 28 de septiembre? ¿Cómo dejar un espacio para el crecimiento de la ciudadanía en nuestros horarios?

De esta asfixia se aprovecharán los discursos facilistas, las voces enardecidas que removerán la emotividad y no  las ideas, que acudirán a las ofertas o denuestos y no al análisis. Tiempo de numerosos conflictos, este, en que la existencia parece concentrar todas sus luchas en un simbólico período de veinticuatro horas. Como si lo que cabe en un día fuera el ejemplo de una conflictividad que no desaparece con el paso del tiempo, al contrario, crece y se vuelve más amenazante.

¿Podremos creer los ecuatorianos en que un cuerpo de leyes va a cambiar las actitudes, los talantes, las palabras de la mayoría y de los que ejercen el poder? Y si menciono estos tres conceptos que caen bajo el resguardo de la subjetividad es porque estoy convencida de que nuestras más auténticas verdades laten en la psiquis individual. Y a esa, ¿quién la cambia?
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