- AGO. 02, 2008 - Foto - Editorial - EL UNIVERSO
Si alguien no está de acuerdo con el sermón, tiene la opción de no acudir o no volver; pero aquello de levantarse para interrumpir e increpar al sacerdote –como aconsejó el Presidente días atrás– sería una falta de respeto, un atentado a la libertad de expresión y una agresión verbal que no se debe aceptar.
Primero fueron los banqueros, siguieron los periodistas, después los “pelucones”, más tarde los guayaquileños, ahora la Iglesia católica.
¿Hasta dónde piensa llevar el Presidente de la República este estilo de faltarle el respeto a los que disienten? ¿Es que desea un Ecuador donde no quede nadie sin denigrar u ofender? Los llamados de atención que se le han hecho parecen inútiles, pero no por eso podemos dejar de insistir.