Creo que Woody Allen dijo: “Solo podría ser miembro del club de quienes no pertenecen a ningún club”. En mi caso es más bien exceso de individualismo. Prefiero los grupos pequeños, las cenas íntimas con amigos comprobados. Me asustan las multitudes, los ambientes muy concurridos. Aunque nadie lo crea, Epicuro es tímido, algo huraño. También le gusta probar vino con una comida, sentado en una mesa, no de pie en medio del bullicio como sucede en los cocteles.
Invitado por un amigo francés de la revista Viníssimo tuve, sin embargo, la oportunidad de almorzar en el piso 32 del edificio guayaquileño más alto. La vista desde nuestra mesa era sobrecogedora, se lograba divisar nuestro río, la isla Santay, el paisaje que se extiende a lo lejos. Tan solo por eso vale la pena de repente tomar cita con la ciudad desde aquella torre espectacular. Pero no me gustaría estar allí durante un temblor.
El ambiente del Bankers Club es de lujo, pero ha sido muy bien diseñado, logra no ser recargado. Diría que es más bien funcional, prestándose para un almuerzo informal al pie de una ventana del lobby en el bar o sofisticado en la sala comedor. Visité la cocina, obviamente equipada con los artefactos más modernos, allí oficia un ejército de 17 cocineros bajo la batuta del chef Lucio Morales, colombiano, contratado desde hace unos seis años.
Si bien es cierto que la carta propone platos clásicos como puede serlo la gama de pastas italianas (carbonara, Alfredo, napolitana, boloñesa) o los tournedos (pedazos de lomo circular grueso) en salsa holandesa, el entrecôte Stroganof, Lucio gusta de la cocina de autor, propone un mero al grill en salsa rubia de almendras. Presumo que usa mantequilla clarificada. Teniendo en este caso el pescado un sabor fuerte, se pierde bastante el toque de las almendras. Quizás sería más indicada la carne sutil de la corvina de roca.
Pero el caballero que nos atendió indicó que el mero es el plato más solicitado, frente a lo cual mi apreciación resulta relativa. Pude probar del plato de mi anfitriona con su venia (no luce elegante hacer eso, pero de repente es imperativo) un excelente paté-espuma donde predominaba el sabor de los pimientos morrones y anchoas. Es muy solicitada la crêpe de jaiba gratinada con champiñones.
El chef recomienda las querelles de salmón sobre vinagreta de frambuesa, el châteaubriand (un lomo superlativo guarnecido con linguini alla Alfredo, el atún fresco al curry con coco sobre arroz almendrado y cinta de vegetales. Si están de dieta les vendrá bien la corvina al court bouillon (caldo corto). Entre las entradas frías se destacan los medallones de langosta, pero preferimos las fajas de corvina curtida sobre pesto de ají. Muy parecidos los tiraditos peruanos, es un plato refrescante de alto gusto, el salmón fresco con crema de caviar.
Vimos en la carta un pollo confitado al Frangélico, lo que nos parece algo insólito, pero ciertas fusiones están de moda. Por eso también consta en el menú carne de pavo con ciruelas glaseadas (con s, por favor) al Cointreau. El pollo a la Marengo tiene su leyenda. El chef de Napoleón Bonaparte es el supuesto creador de aquel plato que lleva el nombre de una victoria imperial frente al ejército austriaco.
Bebimos un Pinot negro de Humberto Canale. Sabemos que los tintos pueden llevarse muy bien con el pescado, contrariamente a lo que se opinaba en el siglo pasado.
Para los postres llega el carrito bastante bien surtido. La torta de chocolate, esponjosa como una espuma, es recomendable. La pueden acompañar con un café expreso.