Miércoles 30 de julio del 2008 Cultura

En busca de la complicidad

Clara Medina

Entrevista: Antonio Orlando Rodríguez, Escritor cubano

El narrador cubano residente en Miami, ganador del Premio Alfaguara de Novela 2008,  por su novela  Chiquita,  está de visita en Guayaquil, donde anoche tenía  previsto presentar su galardonada obra.

Antonio Orlando Rodríguez dice que en noviembre próximo se divorciará de Chiquita.  Pone ese plazo porque en ese mes visitará México -irá a la Feria Internacional del Libro de Guadalajara-, el último país de la gira que realiza como ganador del Premio Alfaguara de Novela 2008 (dotado de 175.000 dólares).   Este autor cubano de 52 años, residente en Miami, está de visita en Ecuador, que es el país número once de su itinerario. Le quedan nueve por recorrer y aunque lo ilusiona la posibilidad de conversar con los lectores y  de saber de primera mano las impresiones de ellos sobre su obra, confiesa que no es un hombre de tanta exposición. Se califica introvertido y ermitaño. Alguien que ha tenido que dejar su  vida sin ajetreos, para subir y bajar de los aviones y promocionar su libro.  Pero lo asume porque, dice,  son las reglas del juego  del mundo moderno. “Hay que salir a defender las novelas“, señala. Chiquita ficciona   la vida de  Espiridiona Cenda, una cubana de  estatura  reducida que Rodríguez afirma que sí existió. Pese a su pequeñez, triunfó en espectáculos de variedades en Estados Unidos, a finales del siglo XIX y principios del XX.      

Al inicio de la novela   hay un texto que se supone es del autor (en este caso, suyo). Se cuenta allí que un anciano llamado Cándido Olazábal fue el que le dio una documentación de la historia de Espiridiona Cenda. ¿Esa voz es realmente suya o es la del autor ya convertido en personaje y, por   tanto, parte de esta propuesta de ficción?
No voy a decir qué es real o qué es ficción, porque  eso forma  parte del juego literario que estoy proponiendo. Es una novela que busca esa complicidad lúdica con el lector. Lo   que sí le  puedo asegurar es que la ficción y la realidad se entremezclan desde la primera  hasta la última línea. 

En algunos  textos del libro se insertan    asteriscos,   que son explicados luego en notas al pie. ¿Qué sensaciones quiere transmitir al lector con este recurso?
Quise usarlos como engranajes de ese artefacto literario   que lo que busca es crear en el lector una ilusión de verdad.   Y bueno, no todo es verdad, obviamente. Pero lo divertido para mí es confundir al lector, que ya no  sepa qué es verdad y  qué es invención.

En la novela hay unos   capítulos de la vida de Chiquita que supuestamente se han perdido y que son  contados por Cándido Olazábal. En ellos  este  hombre  utiliza   un tono  conversacional,   en contraposición a los otros capítulos, que son más elaborados.
Hay dos voces en la obra. La de Chiquita es muy literaria, como muy del siglo XIX, y, en cambio, la voz de Cándido Olazábal es muy coloquial,  burlona, desenfadada, y me encantó esa segunda voz porque me permitió explorar un poco la forma de hablar de los cubanos de antaño, su picardía, la inserción de refranes.  Este personaje cuenta la vida de Chiquita  de una forma   políticamente incorrecta. Esas fueron las partes del libro más divertidas de escribir. 
 
Cuba está fuertemente presente con su lucha por la independencia.  ¿Por qué creyó pertinente  darle protagonismo a esos hechos históricos?
Chiquita nace cuando ha comenzado la primera guerra de independencia de Cuba, y hasta los 26 años que vive en la isla es testigo de todo ese proceso social que, a diferencia del  resto de las colonias de América Latina, fue muy arduo y se prolongó durante tres décadas. Me interesaba dar testimonio de toda esa etapa de la historia  de Cuba,   en algunos casos desacralizándola, apartándome un poco de la visión idealista de los libros  de historia, humanizándola;  y me interesaba también vincular ese recorrido de Cuba hacia su independencia, con lo que estaba pasando en el mundo, como los afanes expansionistas de Estados Unidos, los descubrimientos científicos y tecnológicos, etc. 

Se nota que ha tomado elementos de la literatura infantil,  género que usted ha trabajado, para escribir esta novela para adultos. ¿Concibió este detalle de forma expresa?
Me parece que en la literatura  infantil hay muchos elementos atractivos que disfrutamos a plenitud cuando somos niños y que después, cuando nos convertimos en lectores adultos, ya dejamos de encontrar en las novelas que nos ofrecen,  y no entiendo por qué. Yo creo que ese gusto por la fantasía más libre, el humor más  desenfadado, la transgresión a la hora de contar que caracteriza a los libros para niños, no debería perderse del todo en las novelas para adultos, y es lo que traté de hacer en este libro: incorporar  recursos, motivos  de los libros para niños a una historia para adultos, un poco para recordarle al lector grande aquello que tanto disfrutaba cuando era niño.
 
Rodríguez está casado, por ahora, con Chiquita. “Cuando uno termina un libro cree que ya se liberó de ese personaje, excepto si te ganas el Premio Alfaguara”, dice. Quizá luego  de su divorcio,  previsto para noviembre, recobre la tranquilidad y entonces tenga tiempo para escribir  nuevas historias.

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