Hablaba con jóvenes politécnicos. Estamos cansados de la política, sostenían. Desde que entendemos algo de lo que sucede en el país, solo sabemos de presidentes que huyen o son removidos, de insultos, de confrontaciones. El clima actual de injurias nos desorienta, decían. Reconozco que ponerme en su mundo fue una novedad para mí, no por los hechos que evidentemente conozco y viví sino por la decepción que expresaban. No había logrado mensurar hasta dónde los humillaba y los hacía sentir inferiores a los demás jóvenes de otros países. No sabemos adónde ir con nuestra preparación, aquí parece que estamos de más… En Europa no nos quieren, Estados Unidos está en crisis y se tambalea el dólar… Australia, Canadá, Chile, Brasil, Argentina parecen ser todavía opciones, en ese orden, comentaban. Pero quién va a querer de nosotros con la economía como la tenemos, preguntaban. Nosotros que nos preparamos para economistas, tendremos que aprender todo de nuevo…
Esas reflexiones que muestran un profundo desencanto me conmovieron. Porque los jóvenes, no solo los politécnicos sino muchos otros, en lugar de estar pensando en asentarse, enamorarse y casarse, piensan adónde van a emigrar para poder realizar sus sueños.
No tenía mucho con qué animarlos. Por diferentes motivos yo también siento una profunda decepción. Siempre he sostenido que la política es uno de los quehaceres humanos más nobles y dignos. He animado a los jóvenes a integrarse a grupos donde puedan servir a las causas de la equidad, la justicia, el bienestar para todos.
Pero estoy segura de que el fin está en los medios, contenido en ellos, como el árbol está contenido en la semilla que le da origen. Los medios tienen que ser tan buenos como el fin que se espera. No se cosechan rosas si se siembran espinos. No se pueden cosechar cambios profundos cuando se hace del insulto y el desprecio el arma para desarmar y desacreditar a aquellos que no piensan y no proponen los mismos cambios que se consideran buenos. La democracia es la armonía de los contrarios. El gobierno de las mayorías incluyendo a las minorías. La uniformidad lleva a la coacción, al ahogo, al desgaste, al aburrimiento y a la opresión. Las revoluciones más profundas en la historia de la humanidad, la de Jesús, la de Gandhi, la de Martin Luther King, la del Dalai Lama en la actualidad, siempre fueron y son animadas por el amor y el respeto. Los cambios sociales que produjeron continúan generando nuevos procesos porque tienen en sí el germen de la dignidad, la valentía y la equidad.
Los procesos toman tiempo y cuando más prisa se tiene, más cuidado hay que tener. Para superar el síndrome del apartheid, la exclusión de los demás, la imposición del más fuerte, hay que convocar a todos, abrir espacios, no cerrarlos.
El sí y el no son las palabras más cortas pero las que traen más consecuencias… Por eso Jesús nos pidió que nuestro sí sea sí y nuestro no, que no lo enturbiemos con ningún adorno. El que mucho habla en vez de aclarar las cosas, las enreda; las confunde. Para poder decirlas, cuando está en juego el destino actual y el futuro, hay que tener la entereza de asumir las consecuencias de la elección que hacemos. Sin dejarnos comprar con espejitos, ni tratar como mendigos.