El temperamento de McCain ha sido desde hace mucho un tema de fascinación en Washington, y, para algunos, algo por lo que inquietarse.
El sentido común en esta contienda presidencial radicalmente singular es que el electorado tiene que llegar a conocer mejor a Barack Obama. De eso se trató el viaje al extranjero de la semana pasada: exhibir al senador como un potencial comandante en jefe y líder de la política exterior estadounidense.
Según esta forma de pensar, conforme el electorado ve más de Obama y se va sintiendo más a gusto con él (suponiendo que no haya metidas de pata en el camino), aumentarán sus posibilidades de ser elegido.
Quizá sea así. Sin embargo, ¿qué hay del otro tipo? ¿Qué tanto saben los votantes de John McCain?
La semana pasada, McCain cruzó una línea que no debió cruzar, cuando dijo que Obama “preferiría perder una guerra para poder ganar una campaña política”. Fue un comentario despreciable, equivalente a decir que Obama es un traidor, y McCain debería pedir disculpas por ello.
Sin embargo, lo que hemos aprendido sobre McCain con el paso de los años es que es uno de esos tipos que nunca paga gran cosa por sus traspiés, metidas de pata y mala conducta. ¿Se pueden imaginar la tormenta incendiaria de enojo y críticas que habría caído sobre Obama si hubiese cometido el tipo de errores fácticos que John McCain ha cometido en repetidas ocasiones en esta campaña?
(O si Obama hubiese tenido la temeridad de siquiera remotamente sugerir que John McCain consideraría ser desleal a su país por razones políticas).
Aquí tenemos una doble moral monumental. McCain ha tenido problemas en sus comentarios en público para distinguir entre sunitas y chiitas, y su buen amigo Joe Lieberman lo tuvo que corregir en un momento increíblemente vergonzoso. Se ha referido a una frontera entre Iraq y Pakistán, cuando esos países no comparten una.
Declaró en CBS que Iraq fue el primer conflicto importante después del 11 de septiembre, al parecer olvidando –al menos por el momento– la guerra en Afganistán. En esa misma entrevista, dio crédito al así denominado incremento de tropas estadounidenses en Iraq por haber generado el Despertar de Anbar, un movimiento en el que miles de sunitas se volvieron contra los insurgentes. Estaba equivocado. El despertar precedió al aumento de fuerzas.
Más importantes que errores interminables son los asuntos que nos dan vistazos de la personalidad fundamental del hombre. Un guerrero famoso cuando joven, siempre ha creído que se puede (y se debe) ganar la guerra en Iraq. Como escribió Elizabeth Drew: “No pareció haber considerado con seriedad los costos enormes de la guerra: financieros, personales, diplomáticos y para la reputación de Estados Unidos en todo el mundo”.
También opinó que pudimos, y debimos, ganar la guerra en Vietnam. “Perdimos en Vietnam”, dijo McCain en el 2003, “porque perdimos la voluntad para pelear, porque no entendimos la naturaleza de la guerra que estábamos peleando y porque limitamos las herramientas a nuestra disposición”.
El espíritu del guerrero quedó expuesto en el incidente famoso en el que McCain, con la despreocupación de un veterano piloto de bombardeos, cantó “Bombardear, bombardear, a Irán” al ritmo de Barbara Ann de los Beach Boys.
Nada muy importante. Solo era John siendo John.
Sin embargo, ya estamos atascados en dos guerras. Y John está contendiendo por la presidencia. Apenas si resultaría una locura dudar.
Parte de la personalidad del hombre –aparentemente una significativa, según muchos observadores cercanos– es su genio desproporcionado. El temperamento de McCain ha sido desde hace mucho un tema de fascinación en Washington, y, para algunos, algo por lo que inquietarse.
Puede ser una porquería. (Realmente repugnante. En una ocasión contó un chiste extremadamente cruel sobre Chelsea Clinton, demasiado como para repetirlo aquí.)
Si los errores de McCain parecen interminables, también lo son sus exabruptos de enojo, adornados con lenguaje obsceno. El senador republicano por Misisipí Thad Cochran dijo sobre McCain: “La idea de que sea presidente me provoca escalofríos”.
El senador republicano por Nuevo México, Pete Domenici, dijo a Newsweek en el 2000: “Decidí que no quiero que este tipo esté cerca de un gatillo”.
Ambos senadores ya se adhirieron a la apuesta presidencial de McCain, pero sus reclamos iniciales fueron parte de una constelación mayor de inquietudes sobre la forma en la que McCain tiende a tratar a las personas con las que no está de acuerdo, así como de su actitud, frecuentemente beligerante, de que o se hacen las cosas como él dice o se va la gente.
McCain ha reconocido en varias ocasiones que tiene mecha corta, y algunas veces ha bromeado al respecto. Le dijo a Larry King en el 2006: “Mi enojo no ayudó en mi campaña... A la gente no le agradan mucho los candidatos enojones”.
Yo supongo que la mayoría del electorado no ve a John McCain como un candidato enojón, a pesar de sus lapsos muy públicos. El John McCain mítico es un héroe de guerra afable, que dice las cosas como son, moderadamente conservador, y que es un experto en política exterior.
Barack Obama no es el único candidato del que el electorado necesita saber más.
© The New York Times News Service