El fútbol guayaquileño lamenta la partida de dos legendarios futbolistas que brillaron en varios equipos, pero especialmente en Emelec. Ahí, Caruso y Yu Lee fueron campeones provinciales y nacionales.
Colón García, ecuatoriano, avecindado muchos años en Nueva York, me llamó los primeros días de junio para darme una noticia dolorosa: en Buenos Aires había fallecido Jorge Caruso, un nombre repleto de grandes recuerdos para el fútbol de su país, de Colombia y Ecuador.
En Guayaquil se recordará siempre su paso por el inolvidable Río Guayas, Valdez y Emelec. En Argentina lo habrán recordado los seguidores de Platense y en Colombia los de Deportes Tolima.
Era un centromedio de los de antes: apostura de crack, gran dominio del balón, inteligencia y una caballerosidad dentro y fuera del campo que infundía respeto. Llegó a Guayaquil en 1951 cuando Gregorio Esperón lo convenció para que tentara fortuna en la temporada inaugural del profesionalismo porteño. Fue campeón con Río Guayas y con Valdez y luego se marchó al Deportes Tolima.
Volvió a la ciudad en 1956 con el club cafetero y el Tano Spandre, su ex compañero, le sugirió que se quedara en Emelec. Con el Chinche Rivero, Bolívar Herrera y Rómulo Gómez, junto a otros grandes jugadores, le dio a Emelec el primer título profesional de su historia. Se fue al Tolima pero retornó a filas eléctricas en 1957. Nuevamente fue campeón de Guayaquil y contribuyó de manera fundamental en la conquista del primer torneo nacional de la historia.
Se casó en Guayaquil con una guapa chica porteña, regresó a Platense y allí terminó su carrera, sembrada de grandes momentos imborrables para quienes lo vimos jugar.
Compañero de Caruso en todas esas horas de triunfos fue un joven arquero guayaquileño que se enroló en Emelec en 1952: Cipriano Yu Lee.
En el programa ‘Tiro Libre’ lo entrevistaron hace poco, antes de un Clásico del Astillero. Lo vi y recordé aquellas jornadas heroicas de la que fue protagonista. Recuerdo de Cipriano dos encuentros maravillosos.
Uno, aquel llamado Clásico del helicóptero, en noviembre de 1955, cuando el árbitro Leonardo Hidalgo bajó al centro del campo del estadio Capwell en uno de esos ‘extraños aparatos’ que nunca antes se habían visto en Guayaquil. Fue un partido lleno de emociones, como eran los Clásicos de antes, y si algo quedó para la historia, aparte del folclore, fue el papel magistral que le tocó desempeñar a Cipriano en la valla de Emelec y a Pablo Ansaldo en la de Barcelona. Una sola palabra los define: incomparables.
El otro, un amistoso en enero de 1957 ante Independiente de Avellaneda. Ansaldo estaba lesionado y Barcelona pidió el concurso de Yu Lee. En la valla de los Diablos Rojos estaba nada menos que Julio Cozzi. La gente fue a ver al legendario golero de la selección argentina y Millonarios, pero terminó aplaudiendo de pie al guayaquileño.
Hace unas semanas, Winston Andraca me dio la noticia que le había llegado minutos antes desde Guayaquil: había muerto Cipriano Yu Lee, un hermano por medio siglo de amistad.
En 1972, Cipriano me invitó a incorporarme al diario La Razón como jefe de deportes. Conocí entonces su otra faceta: la del periodista lleno de imaginación creadora, la del colega sincero, comprensivo, cordial y generoso. No sé cuántas horas le robamos al trabajo para hablar de fútbol en los cuatro años en que fuimos compañeros.
Dios premiará los pasos de Jorge Caruso y Cipriano Yu Lee por la vida y por el fútbol, concediéndoles la paz divina y el disfrute celestial.