Se exhibe en el Museo Municipal (Sucre entre Chile y Pedro Carbo) y estará abierto al público hasta el 30 de septiembre.
El coro de “Nunca quedas mal con nadie” de Los Prisioneros, podría servir de música de fondo del Salón de Julio 2008. Eso de presentarse como “vanguardista” pero al mismo tiempo tratar de tener a todos contentos, no va de la mano. Los riesgos se toman o no se toman.
A pesar del excelente nivel del jurado internacional y la altura de los primeros dos premios y menciones, esta edición del Salón de Julio no logró un conjunto de obras coherente y contundente, sino un grito de abismal distancia entre obras de gran calidad formal y conceptual –la mayoría de las que están montadas en la sala de arte contemporáneo– y las de una factura entre buena y regular pero con propuestas débiles, exhibidas en el salón central.
Parecen dos salones contradictorios, pero como en teoría es uno solo, debe ser bipolar. Este trastorno de personalidad podría radicarse en que este año las decisiones se tomaron entre cinco jurados, una cantidad excesiva tomando en cuenta los criterios y subjetividades que comprende el arte. Ceder, defender, aceptar, inducir y convencer son algunos de los verbos aplicados para llegar a un consenso.
Al preguntar a un jurado por qué Vistas desde el cerro, de Pamela Cevallos, se había llevado el tercer premio –porque aun siendo una pieza bien lograda no se acerca a la categoría de las otras dos ganadoras– contestó con esa mirada de quien se conforma con una obligación, “es que también había que darle premio a alguna pintura tradicional”. Compensaciones gratuitas. La pintura en la contemporaneidad es un medio, no un fin.
Por eso hay que valorar la inteligente y bien sustentada decisión de otorgar los premios a la fotografía Los que se fueron, de Geovanny Verdesoto, y a Valores de la degradación, instalación de Pedro Gavilanes. El diálogo de estas obras con la pintura es evidente. En la primera el artista retrata la situación migrante, un tema bastante trillado pero logrado en esta ocasión de una manera no evidente, la cual presenta con un depurado criterio visual y un acercamiento compositivo a cánones de la pintura. La segunda es una poética pieza que se vale de la técnica a la que se refiere en su título, para crear una instalación abstracta a partir de franelas utilizadas por betuneros. Estos segmentos de tela cuentan además con las impresiones arbitrarias e indeterminadas que deja el betún después de la jornada laboral, sumándole valor a su intención estética.
Tumbado, de Stéfano Rubira, fue reconocida con una mención de honor, esos solitarios durmientes dibujados sobre bloques de concreto desprenden una inquietante sensación de etérea incomodidad. En la otra mención otorgada a Los 8 yoes que desconocía o las múltiples lecturas de mí mismo y mi persona, René Ponce usa la reiteración como recurso para a través de la mirada del otro cuestionar su propio yo, en versiones realizadas por distintos retratistas sobre él.
El mayor mérito de esta edición es acentuar el reconocimiento de la ampliación del espacio de la pintura en el arte contemporáneo, donde se permite juguetear con otros lenguajes y medios para expandir sus límites, sin negar en ningún momento la vigencia e importancia de esta tradición.
Quizás el próximo año las bases del certamen se liberen al fin de esa ficción de la bidimensionalidad, que en vez de una camisa de fuerza resultó ser su propio detonante; y así las experiencias de los últimos seis salones de julio devengan para su aniversario 50 en un evento donde la calidad de las obras sea el único criterio en juego.