lunes 28 de julio del 2008 Columnistas

Detención de Karadzic da credibilidad a tribunales criticados

EE. UU.

La detención de Radovan Karadzic, el lunes pasado, dio credibilidad, muy necesitada, a los tribunales internacionales de crímenes de guerra que han luchado por años para presentar fugitivos ante la justicia, según ex fiscales, expertos jurídicos y grupos de derechos humanos. La detención reforzó los argumentos de funcionarios de los tribunales de que la paciencia, la diplomacia multilateral y la creatividad pueden hacer que las instituciones sean más efectivas.

“Es construir pieza por pieza”, dijo Martha Minow, una catedrática de derecho en Harvard y experta en juicios de crímenes de guerra. “Se trata de construir la legitimidad de estas instituciones”.

Karadzic es el tercer personaje famoso que se lleva ante el tribunal, auspiciado por las Naciones Unidas, por cargos de crímenes de guerra en los últimos seis años, siguiendo los pasos de los ex presidentes Charles Taylor de Liberia y Slobodan Milosevic. Por años, los partidarios de los tribunales han argumentado que si se lleva a juicio a los líderes podrían funcionar como un elemento disuasivo.

Sin embargo, Karadzic, quien estuvo en libertad por casi trece años, se burló del Tribunal Internacional Penal para la antigua  Yugoslavia, que en 1983 se convirtió en el primer organismo en su tipo establecido por las Naciones Unidas.

Aun cuando se le vio en repetidas ocasiones cuando las fuerzas estadounidenses y de la OTAN entraron en Bosnia en 1996, no se le detuvo, en parte debido al temor de que al hacerlo se generaran reacciones violentas contra las fuerzas de la organización militar.  En cambio, Estados Unidos y la Unión Europea trataron de usar la presión económica y diplomática para forzar a Serbia a aprehenderlo. Hasta el lunes parecía que la política había sido un fracaso.

Al mismo tiempo se empezó a criticar a otros tribunales de crímenes de guerra establecidos por las Naciones Unidas. Los ruandeses criticaron al Tribunal Internacional Penal para Ruanda por ser demasiado caro, estar basado fuera del país, así como, en gran medida, distanciado de él. Y el establecimiento del Tribunal Internacional Penal –uno permanente, cuyo propósito es procesar crímenes de guerra en todo el mundo– se retrasó años debido a las negociaciones tortuosas y la feroz oposición del gobierno de Bush. Apenas la semana pasada se criticó al fiscal de ese Tribunal por solicitar que se levantaran cargos por genocidio en contra del presidente Omar Al-Bashir de Sudán. Los críticos advirtieron que la medida complicaría las negociaciones de paz para la región de Darfur en Sudán, y nunca llevaría a su detención, dados los antecedentes precarios de detención de fugitivos que tiene la comunidad internacional.

Después de la aprehensión de Karadzic, expertos legales dijeron que su captura genera una nueva presión sutil en el líder sudanés.

“Cuando se formularon cargos contra Karadzic allá en 1995 nadie esperaba realmente que llegaría a ser detenido alguna vez”, dijo Gary Bass, un catedrático de política y asuntos internacionales de la Universidad de Princeton y autor de  Stay the Hand of Vengeance: The Politics of War Crimes Tribunals   (Suspender la mano de la venganza: la política de los tribunales de crímenes de guerra). “No está del todo claro cómo exactamente es que Bashir podría terminar en La Haya”, agregó, “pero el ejemplo de Karadzic tiene que hacer que Bashir piense mucho las cosas”.

En privado, funcionarios de los tribunales de crímenes de guerra han discutido que Estados Unidos y sus aliados no han tenido la voluntad política para hacer aprehensiones, y al mismo tiempo no han usado un conjunto complicado de medidas diplomáticas y económicas para llevar a los fugitivos ante la justicia. La comunidad internacional tiene más opciones que usar la fuerza militar para detener a un fugitivo o no hacer nada. Las sanciones económicas, la formulación de cargos y las restricciones para viajar, todas ejercen presión, reducida pero constante, sobre los individuos acusados de crímenes de guerra y sus protectores.

Minar la legitimidad de un líder o de un régimen también puede servir como presión.

“La tercera vía es lo que necesita el mundo”, dijo un investigador de crímenes de guerra que habló a condición del anonimato. “El problema es que estamos pensando en dos vías: lo aceptamos o vamos a la guerra en su contra”.

Los críticos señalan que los antecedentes de rastreo de los tribunales, hasta ahora, han sido malos. La aprehensión de Karadzic no compensa las décadas de impunidad exitosa. La cantidad de tiempo que se requirió para presionar a Serbia a fin de que detuviera a Karadzic muestra lo fácil que es que los estados desafíen y dividan a la comunidad internacional.

Durante años, muchos sobrevivientes de las masacres de 1995 en Srebrenica –por las que se levantaron cargos de genocidio contra Karadzic–  se mofaron del Tribunal para Yugoslavia diciendo que era un espectáculo costoso y sin poder real, montado por la comunidad internacional. Dijeron que el Tribunal, cuya sede está en los Países Bajos y tiene un presupuesto anual de 150 millones de dólares, seguiría siendo un fracaso multimillonario mientras no se detuviera a Karadzic, y a su comandante militar y coacusado, el general Ratko Mladic.

Richard Goldstone, un jurista sudafricano que fungió como primer fiscal en el tribunal de Yugoslavia y formuló cargos contra Karadzic en 1995, dijo que es crítico que los funcionarios serbios también detengan a Mladic, quien sigue en libertad y se cree que también se esconde en Serbia. “Solo espero que Mladic no esté tan atrás”, dijo.

Los grupos de derechos humanos dijeron que la aprehensión de Karadzic tiene el potencial de reforzar en forma significativa la influencia de los tribunales denigrados por mucho tiempo.

Richard Dicker, director del Programa de Justicia Internacional de Human Rights Watch, dijo que Karadzic había llegado a “personificar la impunidad”.

“Para la justicia internacional, esto es algo muy bueno”, dijo. “Creo que valida que la justicia tiene una memoria vasta y un alcance vasto”.

© The New York Times
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