Lunes 28 de julio del 2008 El Gran Guayaquil

El trajinar de tres guayaquileños que ejercen antiguos oficios ambulantes

Jorge Martillo

Imágenes de Guayaquil

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Andrés Bajaña Motta proviene de una familia de barquilleros.

Andrés Bajaña, Segundo García y Darwin Vargas Gavica ejercen oficios tradicionales y en vías de extinción. Ellos recorren diversos sectores de la ciudad para ofrecer sus servicios.

A comienzos del siglo pasado existía una amplia galería de personajes ambulantes que –a viva voz– decían sus pregones o hacían sonar algún instrumento para anunciar su presencia.

Desde la mañana, recorrían las calles ofreciendo sus productos y servicios.

El canillita que vendía periódicos y lotería. El soldador que llevaba un pequeño brasero con carbón encendido y desde la esquina, a grito pelado, interrogaba: “¿hay qué soldar?”.              Así, el desfile era interminable. Ahora, la mayoría de esos  tradicionales oficios han desaparecido o se han transformado.

EL AFILADOR DEL SUR
Desde hace siete años, todos los días a las 06:00, Darwin Vargas Gavica, guayaquileño de 28 años, inicia su recorrido por el mercado de la Caraguay y ciudadelas del sur. Hace sonar su flautín para alertar a sus clientes: carniceros y vendedores de pescados, pollos, frutas de los mercados. También solicitan sus servicios amas de casas y cocineros de restaurantes.

No solo afila cuchillos y machetes a los vendedores de cocos. “También las tijeras de sastres, costureras y peluqueros y las más grandes de los jardineros del Malecón 2000”, agrega. Su tarifa de precios es: cuchillos, $ 0,30; tijeras, $ 0,40; machetes, $ 0,50. A las tres de la tarde, cuando los mercados cierran sus puertas, Vargas  emprende el regreso a casa.

Antes los niños de las barriadas rodeaban al afilador para no perderse el espectáculo de las chispas saltando cuando se producía el contacto entre la piedra de afilar en movimiento y el filo del cuchillo.

Actualmente esa tarea se realiza en talleres mecánicos que emplean un esmeril eléctrico. Pero este oficio se ejercía siglos atrás. Una artística constancia de su antigüedad es el cuadro  El afilador  (óleo sobre lienzo), del pintor español Francisco de Goya –1746-1828–, que conserva en el Museo de Bellas Artes de Budapest.

EL BARQUILLERO DE ACERAS
El guayaquileño Andrés Bajaña Motta, hoy de 46 años, cuando tenía 8 años heredó su oficio de barquillero. La mayoría de su familia ha trabajado preparando y vendiendo ese manjar.

“Mis tíos Luis, Biterio y Juan Bajaña vivieron las antiguas épocas cuando se lo vendía más por la noche. Todos están vivos. Algunos ejercen, otros ya no salen a las calles”, comenta en la acera de Piedrahíta entre Los Ríos y Esmeraldas.

En su casa prepara los barquillos que ofrece en aceras no regeneradas, donde todavía le permiten trabajar. “Antes vendíamos en la calle Nueve de Octubre, pero hay que buscarse la forma de sobrevivir”.

Al pasar, grandes y chicos compran el dulce, por $  0,50 adquieren tres fundas, cada una con 9 barquillos.

Uno de los primeros barquilleros fue el español Pedro Conde Hernández, que llegó en 1898. Inmediatamente en sus hornillas empezó a elaborar barquillos y candi suiza (especie de turrón). Fue el inicio de la fábrica Flor de España.

Pero a más del delicioso sabor de las golosinas llamaban la atención las coplas que Pedro Conde decía a voz alta: “de Guayaquil para abajo se ha formado un baratillo. Los hombres van por la plata, las mujeres por barquillos”.

Hasta mediados del siglo pasado, por las calles se vendían los barquillos en charoles, una lámpara de petromax y una ruleta. Los barquilleros salían a las cuatro de la tarde. Cuando oscurecía prendían la lámpara y pregonaban: “barquillo y candi suiza, barquillito de leche y canela para tu abuela que no tiene muela”.

Los ingredientes del dulce son harina, azúcar, leche, huevos, mantequilla, esencias y jarabes. Las familias lo brindaban en bautizos,  quinceañeras, matrimonios...

UN GASFITERO EN BICICLETA
Cuando en las ciudadelas Bellavista, Ferroviaria, etcétera, se escucha: “Gasfiterooo. llegó el gasfitero”. Es que está llegando Segundo García Mora, de 54 años, en una vieja bicicleta que es su taller ambulante.

En la parrilla de atrás viaja la pesada caja de herramientas. Desde hace 27 años, todos los días a las 07:00, sale a recorrer las ciudadelas del norte. “En las casas hay daños difíciles,  el que sabe su oficio, hace un buen trabajo”, manifiesta este guayaquileño al que le duele la columna, los riñones y las piernas por pedalear. “Así es todos los días, el mismo caldo de bola, pero vamos adelante gracias a mi Dios”, dice con humor volviendo a pedalear su oxidada bicicleta.

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