domingo 27 de julio del 2008 Columnistas

Bernard Fougéresbernardf@telconet.net

¿Cómo no amar a Souad?

No sé por qué ciertos seres humanos entran en nuestro corazón, cierran la puerta desde adentro, influyen en nuestra filosofía, modifican nuestra forma de enfocar la vida. Viví tantos años sin saber quién era Souad. Un buen día, obedeciendo a una regla inmutable, teniendo que abordar un avión para ir a Chile, compré en la librería del aeropuerto un pequeño libro escrito en francés: Souad, brûlée vive (Souad, quemada viva). Desde el prefacio escrito por la autora en el 2004, quedé atrapado. Mi compasión poco a poco se convirtió en dolor, empatía, furia, ternura, hasta amor quizás.

Souad tiene diecisiete años cuando se enamora del joven Faiez. Estamos en Jordania, que puede llamarse Trasjordania, Cisjordania. En el pueblito, se sabe que una mujer debe sangrar en la primera relación matrimonial. Souad rompe el tabú, se entrega de puro amor, sin bodas, queda embarazada. Es sinónimo de muerte. Frente a la deshonra que representa semejante culpa, la familia designa al cuñado como ejecutor del castigo. Souad debe lavar la afrenta,  compartir con todo el pueblo el rito de la expiación. Más de cinco mil casos de este tipo cada año han sido recopilados. No es necesario citar países. Sucede hasta en Europa.

Una tarde, oye pasos de alguien que se acerca detrás de ella. Su hora ha llegado. La gasolina fría cae sobre su cabellera, impregna su vestido, estalla la llama. Corre desesperada, melena ardiendo, sufrimiento intolerable.
Grita, huye. Los vecinos le caen a golpes, luego no recuerda nada, despierta en un hospital donde arrancan sin piedad jirones de carne pegados a la ropa, haciéndola aullar de dolor, la consideran como  mujer apestada que recibió el merecido castigo, pecadora, condenada. Su barbilla está adherida a su pecho, no puede levantar la cabeza. A veces Jesús se disfraza de mujer.

La familia no se da por vencida. Souad se salvó de la muerte pero hay que acabar con ella. Tratan de envenenarla, escapa con las justas. Llega el día en que da a luz, casi sin percatarse: “siento entre mis muslos algo extraño, doblo mis piernas, palpo al bebé deslizándose; se mueve, es como una puñalada en mi cuerpo herido”. Jacqueline, trabajadora social en una organización humanitaria, asume el riesgo de ayudar a la jovencita. Después de muchas peripecias, encuentros peligrosos con la familia, se llega a un entendimiento: que desaparezca para siempre la pecadora, que nunca más se oiga hablar de ella. Cuando Jacqueline murmura en el oído de Souad: “Te voy a ayudar” ella solamente logra susurrar: Aioua (¡sí!).

Se irá reponiendo en un hospital de Suiza, mas su cuerpo revela horribles cicatrices. Aprende a leer, a escribir, tiene la valentía de publicar su historia en un libro que les aconsejo leer si quieren saber hasta dónde pueden llegar crueldad e injusticia hacia la mujer. Consulten Google poniendo: ‘Souad quemada viva’ y ‘mujeres lapidadas’. Les dará escalofríos. Después de todo, en el Antiguo Testamento, la mujer adúltera era apedreada.
Jesús salvó a una de ellas. La costumbre existe todavía en ciertos países. ¿Seguimos con lo de “la primera piedra”?
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