Con furor ha reaccionado la Conaie ante la calificación que le dio el Presidente de “novelería” al intento de incluir al quichua como idioma oficial del Ecuador, a la par que el castellano.
Si de algo pecó el Presidente con esa declaración, es de demasiado franco. Poner al quichua a la par que al castellano en la Constitución sería una novelería.
No se trata de un irrespeto al quichua y los pueblos indígenas, como denuncia la Conaie. El conquistador completó la obra del inca, imponiéndolo a los pueblos del Tahuantinsuyo para que abandonen sus lenguas ancestrales y que el quichua sea el medio de comunicación entre colonizadores y colonizados. Es la lengua franca de las poblaciones indígenas del Ecuador, norte y centro del Perú (en el sur del Perú así como en Bolivia predomina el aimara). En cuanto al vigor de las lenguas ancestrales sudamericanas, solo el guaraní se le iguala.
Deben redoblarse los esfuerzos por vigorar el quichua. Pero ponerlo en el mismo plano que el castellano significa que en las escuelas y colegios, en lugar de mirar adelante, hacia la necesidad de aprender inglés como la lengua franca en el mundo contemporáneo (como antes el latín), miraríamos para atrás, aprendiendo una lengua de comunicación con los poquísimos ecuatorianos que hablan solo quichua y no castellano.
La mayor parte de la población es genéticamente de preponderancia indígena, pero abrumadoramente, y casi en su totalidad en la Costa, integra la sociedad nacional y no culturas ancestrales. La Conaie mantiene la ficción de que el 30% de los ecuatorianos son indígenas. A lo sumo, 6% de ecuatorianos se autoidentifican como tales.
Eso es normal. Por más que protejamos la identidad de las culturas tradicionales, es cuestión de tiempo que sucumban ante la vitalidad de la sociedad moderna. Debe respetarse esa decisión, al igual que la de mantener costumbres ancestrales.
Lo del quichua no pasó, ni tampoco la aspiración de la Conaie de tener veto sobre la exploración petrolera y minera. Pero hay muchas novelerías que han entrado en la Constitución. Quien la lea llegará a la conclusión de que el Ecuador es más indígena que Bolivia.
Poco faltó para que el sumak kawsai, el concepto de vida en comunión con la naturaleza que domina la Constitución de punta a punta, pase a ser expresamente religión oficial. En el preámbulo se celebra a la diosa inca de la naturaleza, Pachamama, y solo a última hora, entre Pachamama y “la sabiduría de las culturas”, y por temor al No, se incorporó el nombre de Dios, aclarando que se lo incluye como concepto nebuloso que abarca no solo a todas las religiones, sino otras formas de espiritualidad. No es el Dios cristiano.
La Constitución es abiertamente hostil a la sociedad contemporánea. Una cosa es respetar y reconocerle a los pueblos sus derechos de mantener sus costumbres ancestrales. Otra es proclamar en la Constitución que en el Paleolítico la vida era mejor.
Me temo que tanta novelería a la postre causará una reacción negativa de la sociedad mestiza, que será perjudicial a la causa de los pueblos indígenas.