- JUL. 27, 2008 - Foto - El Gran Guayaquil - EL UNIVERSO
En agosto de 1959 tomé un curso de enfermería en el ateneo Lopezdomínguez, ubicado en Aguirre y Chile. Eso me permitió que desde el colectivo (bus) que tomaba para regresar a mi hogar observara los encantos del parque Seminario, con sus frondosos árboles de ficus y las bancas que invitaban a acercarse a disfrutarlo.
La oportunidad llegó cuando comencé a estudiar en el colegio nocturno César Borja Lavayen y al mismo tiempo apareció un argentino con quien me casé y tuve tres hijos. Con él solíamos sentarnos en las bancas de aquel lugar al que llegué a querer por su tranquilidad y porque fue mi confidente.
En 1960 entré a trabajar en el Museo Municipal y simultáneamente cursaba los últimos años en el ‘Borja’. El museo funcionaba en el cuarto piso del Palacio Municipal y lo dirigía el escritor Rodrigo Chávez González.
Por la salida de mi trabajo (18:00) y el inicio de clases (19:00, –que dificultaban ir a casa a merendar y retornar al plantel– optaba unas veces por dirigirme a la Catedral a orar, avanzar a la biblioteca de la Sociedad de Artesanos (Diez de Agosto y Boyacá) o sentarme en el parque a conversar con mi futuro esposo.
Como alumna del ‘Borja’ incontables noches me senté en sus bancas a estudiar. Desde allí contemplé el monumento de Simón Bolívar, que creo firmemente inspiró a la mayoría de los borjinos a seguir sus huellas y no desmayar en su acción diaria.
La mayoría de jóvenes nos reuníamos en grupos para repasar las lecciones en el parque hasta la madrugada, especialmente en épocas de aportes y exámenes.
Hace pocos días, al pasar 47 años después por el Seminario, los recuerdos de mis 16 años fluyeron a mi mente. Lo observé más hermoso que antes recibiendo la visita de miles de personas. Incluso se advierte que la población de iguanas creció y él junto con ellas no se intranquiliza con los visitantes porque siempre ha sido y es, como lo dije, confidente y amigo.