Barcelona y Emelec jugaron por primera vez hace 65 años; y hace 60 se lo llamó Clásico del Astillero.
El duelo más tradicional del balompié ecuatoriano, el que disputan Barcelona y Emelec, celebra en la temporada 2008 dos aniversarios que representan hitos en la historia de este partido: 65 años del primer juego y seis décadas de haber sido bautizado como Clásico del Astillero, por Diario EL UNIVERSO.
La fundación de ambos clubes tuvo un origen barrial común; uno, Barcelona, nació en una esquina de la Escuela Modelo Nueve de Octubre (aún en funcionamiento, en Eloy Alfaro y Francisco de Marcos), en 1925; y el otro, Emelec, en las instalaciones de la Empresa Eléctrica del Ecuador (Eloy Alfaro y Portete), en 1929.
Pese a ese antecedente, la mecha del polvorín de pasión futbolera que ahora identifica al choque entre canarios y millonarios no estaba encendida en 1943, cuando se midieron por primera ocasión. El encuentro entre hermanos de barrio no era todavía un clásico.
El sábado 21 de agosto de 1943, este Diario anunció: ‘Mañana se inaugura la temporada oficial del fútbol de la Federación Deportiva del Guayas’. Y agregó: ‘En esta reunión se enfrentarán Emelec con Barcelona y Panamá con Estrella’.
Nunca antes toreros y eléctricos habían actuado al mismo tiempo en la Serie de Honor del fútbol provincial. Tampoco existía rivalidad ni atractivo. Lo confirma la información sobre la jornada: “No hay un partido de singular expectación, de raro colorido, en la reunión inaugural del fútbol federativo en el estadio Guayaquil (ahora llamado Ramón Unamuno)”.
La hora del capítulo inicial de la leyenda llegó a las 08:30 del 22 de agosto de 1943. Bajo las órdenes del árbitro Carlos Rivera, Barcelona alineó a Jaime Icaza; Juan Borjás y Luis Jordán; Urbino Rojas, Carlos León y Federico Muñoz Medina; Jerónimo Murillo, Pedro Villalta, José Jiménez, Juan Alvarado y Alejandro García.
Emelec formó con: Ulpiano Arias; Jaime Roura y César Alvarado; Sánchez, Martínez y Moreira; Segundo Morejón, Pedro Nevárez, Rodrigo Cabrera, Cristóbal Salazar y José Silva.
“Barcelona ganó a Emelec por 4 a 3”, dijo El Mayor Diario Nacional, que calificó el juego como el “de los postes, ya que como nunca fueron múltiples las ocasiones en que los pelotazos de los delanteros de Emelec se estrellaron contra los postes y el travesaño”.
La crónicas registran que Jiménez hizo dos goles canarios y que Nevárez marcó uno de los tantos azules. También que Emelec, en el minuto final por un “error inesperado del arquero” Arias, le permitió a Villalta conseguir la anotación que acabó con el empate a 3.
El enconado antagonismo esperaba una chispa para encenderse. Sucedió poco después. Mientras Barcelona daba tumbos y no podía consolidarse como un cuadro competitivo, Emelec se afianzaba como un club poderoso. En 1945, los eléctricos ya tenían estadio (el Capwell), piscina, cancha de básquet y con su chequera “millonaria” en 1948 ficharon a un futbolista foráneo, el gaucho Omar Cáceres, hecho insólito para la época.
Los canarios, por contraparte, tenían pocos bienes materiales y sin extranjeros en su plantilla. Los ingredientes para el desarrollo de la ardorosa rivalidad estaban dados. Y luego de varias contiendas candentes que incrementaron la popularidad de Barcelona y Emelec, la afición guayaca empezó a radicalizar su simpatía y antipatía por cada bando. Era ya un partido que generaba pasiones, pero no tenía nombre.
En 1948 el duelo fue denominado como hoy se lo conoce, por iniciativa de este Diario. Así lo reflejó la edición del miércoles 1 de septiembre, día de un cotejo: “Este partido, que es el Clásico del Astillero, será del mismo modo la confrontación de dos de las cartas más bravas del fútbol porteño”.
En esa fecha Emelec venció 3-0, pero la revancha ocurrió 20 días después y Barcelona goleó 5-1. Luego se dieron batallas, no solo en la cancha, que hicieron crecer la rivalidad.
En el Clásico del 12 de mayo de 1949 hubo incidentes en las tribunas del Capwell, a raíz de un angustioso empate a 3 de Emelec. Barcelona ganaba 3-0, pero después de un apagón los azules igualaron. Un grupo de hinchas amarillos apedrearon la sede de la Empresa Eléctrica para “vengar” el apagón.
El Clásico había nacido y pronto rebasó los límites de Guayaquil hasta convertirse en el juego más importante y representativo de Ecuador.