- JUL. 27, 2008 - Foto - Religiosa y Obituarios - EL UNIVERSO
De las tres parábolas que ofrece hoy el Evangelio de la misa, me detengo en la primera.
Es tan corta que la puedo transcribir entera: “El Reino de los cielos se parece a un tesoro escondido en un campo. El que lo encuentra lo vuelve a esconder y, lleno de alegría, va y vende cuanto tiene y compra aquel campo”.
Hay en ella tres pilares que sostienen toda la enseñanza: el tesoro, la alegría y la compra del terreno.
Con la imagen del tesoro quiere Dios que nos fijemos en su Amor, que colma todos los anhelos del inquieto corazón humano. Y quiere que observemos que su hallazgo no se debe a nuestra inteligencia sino a su misericordia. Porque, evidentemente, no podemos descubrir el verdadero Amor si primero no nos ama Dios.
Quiere luego que consideremos el efecto que produce este tesoro en quien lo halla: la certeza de que aquel Amor es mucho más valioso que cualquier otra riqueza de este mundo.
Esa firme convicción genera un gran deseo de alcanzar todo ese Amor sin pérdida de tiempo. Y como se comprende que el Amor total solamente puede ser logrado con otro amor total, se decide prescindir, con tal de no perderlo, de todo lo que sea necesario.
Es fácil suponer que el vendedor, ante el afán del comprador inesperado, tratará de obtener la máxima ganancia. Y que, por su parte, el comprador, para poder quedarse con alguna de sus propiedades, también buscará rebajar el precio.
Sin embargo, el comprador no tuvo más remedio que vender todo lo suyo. Y tuvo que quedarse, desde el momento en que adquirió la propiedad hasta que pudo recoger aquel tesoro, sin un solo real en el bolsillo. De modo que el descubridor corrió su riesgo.
Por último, el Señor nos pide que observemos el inmenso gozo con que el hombre –“lleno de alegría”, nos dice el Evangelio– vende todo lo que tiene. No es que logre la alegría al conseguir la propiedad. Es feliz completamente desde el momento en que decide darlo todo. Es decir, desde el instante en que resuelve no tener seguridad con tal de conseguir ese Amor-tesoro.
De los tres fuertes mensajes que descubro en la microparábola del gran tesoro, el que más me impacta es el tercero: que Dios concede la alegría plena a quien decide darle todo para poseerle. Y por eso le suplico, para usted y para mí, nos conceda la gracia de entregarnos y entregarle todo.