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Visiones vibrantes de la nueva China

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Entre los edificios que están remodelando el rostro de Pekín se encuentran el Centro Nacional de Deportes Acuáticos (foto), y la nueva sede de la CCTV, la autoridad televisiva estatal.
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Julio 27, 2008

PEKÍN

Que los occidentales se sientan mareados y confusos al bajarse de un avión en la nueva terminal del aeropuerto internacional de Pekín es comprensible.

No es sólo la grandeza del espacio, sino el sentimiento inevitable de estar traspasando un portal a otro mundo, uno cuya firme acogida del cambio ha dejado muy atrás a las naciones occidentales.

La resplandeciente terminal aérea de Pekín, diseñada por Norman Foster, se suma a la extraordinaria lista de monumentos de la ciudad: el Teatro Nacional con forma de huevo de Paul Andreu; el Estadio Nacional de Herzog y De Meuron, conocido como “el nido de pájaro”; el Centro Nacional de Deportes Acuáticos de PTW, con su exterior traslúcido; y la sede diseñada por Rem Koolhaas para la autoridad televisiva CCTV, cuyas formas interconectadas e inclinadas constituyen una de las hazañas arquitectónicas más imaginativas de la historia reciente.

Pero estos edificios no son simplemente expresiones desnudas de poder.

Al igual que los grandes monumentos de la Roma del siglo XVI o del París del siglo XIX, la nueva arquitectura de China exuda un aura que guarda la misma relación con el fermento intelectual que con la influencia económica.

Cada edificio, a su modo, personifica una lucha intensa en torno al significado del espacio público en la nueva China. Y aunque a veces su agresiva escala resulte aterradora, también reflejan el esfuerzo del país por dar forma a una identidad nacional incipiente.

Pero la sensación de estar maravillado se pierde en el trayecto desde el aeropuerto. Un paisaje banal de feas torres de nueva construcción flanquea ambos lados. Muchas de ellas están aisladas en complejos cercados, reflejo de la disparidad entre ricos y pobres. El experimento arquitectónico de China se desborda tanto en promesas como en pobreza.

El Teatro Nacional de Andreu, justo al oeste de la plaza de Tiananmen, codifica estas tensiones y contradicciones. El complejo del teatro se alza en la avenida de la Paz Eterna, el gran paseo de este a oeste que linda con la puerta de Tiananmen. Andreu lo describía como un lugar “abierto a ciudadanos de a pie”. Sin embargo, la disposición simétrica del edificio y su escala monolítica dan pie a otras interpretaciones. El aislamiento impuesto por la piscina colindante está reforzado por la secuencia de entrada: los visitantes tienen que descender por una escalinata monumental hacia el interior de la Tierra para pasar por debajo de la piscina y volver a aparecer en la cúpula cavernosa. Es como si el teatro estuviera conectado con la ciudad a través de un cordón umbilical gigante.

Yan Meng, arquitecto chino que se crió en Pekín después de la Revolución Cultural, considera que la tortuosa entrada al Teatro Nacional hace pensar en las medidas drásticas que se tomaron contra la vida pública tras la masacre de 1989 en Tiananmen. “Ya no le pertenece a nadie”, dice sobre la plaza. “Lo que importa es el control”.

Pero algunos de los símbolos arquitectónicos más imponentes de la creciente notoriedad de China reflejan una lectura más ilustrada de lo que podría deparar el futuro.

El Estadio Olímpico, diseñado por Jacques Herzog y Pierre de Meuron, y el Centro Nacional de Deportes Acuáticos están a 16 kilómetros al norte de la ciudad. La forma elíptica del estadio está envuelta en un denso entramado de columnas de acero. Su arrolladora fuerza insinúa su lucha por contener la actividad en su interior.

Pero un conflicto en torno al futuro del estadio pone de manifiesto las tensiones sobre cómo se definirá la nueva China.

El estadio está en el centro de un descomunal parque rodeado de filas reglamentadas de torres de viviendas. Después de los Juegos Olímpicos, Herzog y De Meuron esperan transformar el edifico en un inmenso foro público y en un ancla visual para la comunidad. El Gobierno prefiere construir una verja a su alrededor.

Koolhaas se enfrenta a unas tensiones parecidas con su sede para CCTV, la autoridad televisiva estatal.

Ha habido largas negociaciones en torno a si se permitirá el acceso público: para disgusto del arquitecto, los directores de CCTV han amenazado con cortar dos carreteras públicas que pasan por el emplazamiento. Asimismo, una enorme plaza quedará restringida para los empleados de la corporación.

Todavía queda por ver cómo terminará todo esto. Durante siglos, los arquitectos han aspirado a crear edificios que ilustraran o transformaran a la civilización para terminar viendo cómo se convertían en esplendores aislados, sin mucho impacto sobre la sociedad en general. Puede que esto acabe pasando también en China.

No cabe duda de que su papel como gran laboratorio de ideas arquitectónicas perdurará muchos años. Uno se pregunta si Occidente se pondrá a su altura algún día.


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