“Grande en el pensamiento, grande en la acción, grande en la gloria, grande en el infortunio,...”, dijo el maestro uruguayo José Enrique Rodó al referirse a la personalidad y obra de Simón Bolívar, el Libertador, a quien evocamos hoy.
El soldado venezolano nació el 24 de julio de 1783. Su nombre completo: Simón José Antonio de la Santísima Trinidad Bolívar Palacios. Lo de ‘Simón’ se debió al apuro o capricho del cura que lo bautizó, según los biógrafos.
Huérfano siendo niño, contó con la orientación de sus familiares y primeros maestros Miguel Sanz, Andrés Bello y Simón Rodríguez Carreño, quienes sembraron en él los ideales de libertad y justicia. En el Viejo Continente se casó con Teresa Rodríguez del Toro y regresó a Caracas en 1802, pero su repentina viudez lo hizo volver a tierra europea, donde observó la negativa labor que repercutía negativamente en América. Por ello, en agosto de 1805, en Roma, juró en el monte Aventino que no desmayaría hasta libertar a su patria y al resto de pueblos dominados por la Corona española.
De nuevo en su patria secundó la acción de Francisco de Miranda y asimiló sus ideales. Mentalizó y protagonizó la Campaña Admirable (1813), el discutido Decreto de Guerra a Muerte de igual año y la Carta de Jamaica de 1815. Recibió el título de Libertador en 1813, que el Congreso de Angostura lo ratificó en 1820.
Logró decisivas victorias en Boyacá (1819), Carabobo (1821) y Bomboná (1822), que sumados al Paso de los Andes demostraron su valor de soldado.
En el Congreso de Angostura (1819) testimonió su deseo para lograr en América la verdadera hermandad. Se entrevistó con el general José de San Martín en Guayaquil (1822).
Bolívar derrotó en Ibarra, Imbabura (julio/1823), al realista Agustín Agualongo.
Salió victorioso en las batallas de Ayacucho y Junín (1824), gestionó la fundación de la República de Bolivia y la reunión del Congreso Anfictiónico de Panamá (1826).
La decepción por la falsedad de algunos compañeros de armas, que incluso tramaron su asesinato, debilitó su ánimo. La fidelidad de unos pocos, como Manuela Sáenz, que en 1828 lo salvó de un complot, y la de Antonio José de Sucre y otros allegados lo alentó a continuar.
Lamentablemente los problemas apuraron el deterioro de su salud.
Esperanzado en recuperarse preparó viaje a Europa, pero antes de hacerlo en Santa Marta, Colombia, optó por un descanso en la quinta San Pedro Alejandrino, del español Joaquín de Mier.
Mas, la enfermedad agudizó sus estragos pese a las atenciones del médico francés Próspero Reverend.
Bolívar terminó postrado y sin fuerzas. Solo escribió a escasos amigos exhortándolos a salvar la Gran Colombia. Envió una sentimental carta a su prima Fanny D. du Villars.
Asimismo, dictó testamento y su última proclama; el cura Hermenegildo Barranco le suministró los sacramentos. El 17 de diciembre de 1830, después de las 13:00, expiró en la modesta alcoba de San Pedro Alejandrino, de solo 47 años y 4 meses de edad.
Provincias y ciudades, centros educativos, avenidas y calles, plazas y monumentos, al igual que textos literarios, canciones, etcétera, perpetúan con gratitud el nombre de Bolívar.
PENSAMIENTOS: Simón Bolívar
“Nada es tan peligroso como dejar permanecer largo tiempo en un mismo ciudadano el poder”.
“Combatid, pues, y venceréis. Dios concede la victoria a la constancia”.
“La gloria está en ser grande y en ser útil”.