miércoles 23 de julio del 2008 Columnistas

Guayaquil

Las ciudades tienen alma, personalidad, nos gustan, nos disgustan, las amamos, las admiramos, pero también podemos temerlas, evitarlas. Cristo lloró por la ciudad que amaba, Jerusalén. Cuando estamos lejos recordamos sus olores, las calles que recorrimos, los lugares donde estudiamos, los amigos, los buses, las canciones que escuchábamos y las discusiones barriales.

Hay ciudades poemas, como París; otras señoriales y misteriosas, como Quito; mágicas, como Río; alegres y llenas de contrastes, como Guayaquil.

Amo profundamente a esta ciudad, a sus gentes, su cordialidad, su acento y el Estero. Su ritmo y su vida tropical, su clima y sus luces. La ciudad está llena de vida.

Hace poco me preguntaban qué lugar de la ciudad me gustaba más y sin titubear un momento respondí que el Malecón del Salado que bordea la Universidad. Tiene lugares de ensueño, la mansedumbre del estero, las suaves colinas, los patos que se sumergen en voraz pesca, las garzas, las flores, los perfumes de las canangas, y puestas de sol espectaculares. Por la mañana, cuando amanece es solo naturaleza. El olor de la tierra, y el bullicio de los insectos que despliegan sus alas parece un tintineo en ebullición. Por las tardes lo inundan nubes de estudiantes que dejan marcados en los árboles y a veces en los bancos, el amor que se juran eterno. Es un lugar de soledad y de encuentro según las horas.

Mario Benedetti en una parte de su poema Cada ciudad puede ser otra, escribió:

“Cada ciudad puede ser otra/ cuando el amor la transfigura/ cada ciudad puede ser tantas/ como amorosos la recorren/ el amor pasa por los parques/ casi sin verlos amándolos/ entre la fiesta de los pájaros/ y la homilía de los pinos”…

En el caso del Salado, de los mangles, los samanes, los tamarindos y los eucaliptos.

Guayaquil tiene los polos de la existencia moderna, las muchedumbres con su algarabía, sus prisas, sus negocios, sus enormes edificios, sus fiestas, sus pasillos y su fútbol, los ancianos formando grupos en los parques o en los centros comerciales, sobre todo el Policentro, muy bien vestidos, acompañados por sus colegas de los diferentes centros de acogida en los que viven. Gozan del aire acondicionado, de la conversación con sus pares y de la vista de los que pasan… Pero también hay la soledad más intensa y profunda: la de la inequidad, la de los barrios paupérrimos y las ciudadelas exclusivas,  la de las familias quebradas por la emigración, la inseguridad y el miedo, la de los ancianos solos y los niños mendigos; la de la tierra, el polvo, el fango, la basura, el ruido ensordecedor y los olores nauseabundos.

Los cambios en el entorno han traído cambios profundos en los comportamientos de todos. Cuando se comenzó la regeneración urbana, pensaba que más importante era lograr mayor  justicia social, la ciudad me parecía una Calcuta ecuatoriana, con sus enormes contrastes entre riqueza extrema y pobreza extrema. Fui aprendiendo que todos, los pobres también,  sobre todo los pobres,  tienen derecho a una ciudad bella, cuidada, florecida, mantenida, limpia. Que ambos aspectos no se deben descuidar.

Hay mucho por hacer todavía y seguramente de mejor manera, pero hay que alegrarse por lo logrado y agradecer a quienes lo han impulsado y lo impulsan.  Desde ángulos diferentes y complementarios, sobre todo al alcalde Jaime Nebot y Marcia Gilbert con el programa ‘Aprendamos’.
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