La historia comenzó años atrás. Argentina se hundía en una profunda crisis financiera y política. Los gobiernos incapaces de manejar la crisis caían uno tras otro. En las calles había rabia, amargura, desconfianza y frustración. Una clase política inepta terminó por lanzar nuevamente a Carlos Menem para que tercie otra vez en las elecciones presidenciales.
En medio de tan desolador panorama y de tanta ceguera, entró al escenario un gobernador de una provincia tan apartada del hervidero político de Buenos Aires que bien parecía un extraterrestre. Con un estilo fresco, directo, con un discurso coherente y sarcástico, con una actitud desafiante frente a las estructuras anquilosadas del peronismo, Nelson Kirchner conquistó a los argentinos. Barrió en las elecciones.
Para no sufrir la vergüenza de una derrota, Menem optó por no presentarse a la segunda vuelta.
Una vez en el poder Kirchner, y con él su esposa Cristina que fue elegida senadora, instala gradualmente un régimen autoritario vestido de democracia. Controla el Congreso, la Corte Suprema, el Consejo de la Magistratura, el partido peronista, acorrala a los sindicatos. Todos los actores e instituciones fueron doblegadas.
En lo económico plantearon regresar al modelo desarrollista de los años setenta y en lo internacional desempolvaron el traje antiimperialista. Pacta con la chequera bolivariana de Chávez. Un desacuerdo fronterizo con el Uruguay revive un fervoroso nacionalismo.
La política pronto se convirtió en una permanente confrontación. Interminables discursos todos los días. O todo o nada. O están con nosotros, o están en contra de nosotros. No hay término medio. O están con el cambio o están con el pasado, o con el pueblo o con las oligarquías. Solo hay vencedores o vencidos. La agresión a la prensa era a diario. Los Kirchner parecían imparables. Barrían en las encuestas y en las elecciones.
Recordar el pasado oprobioso se convirtió en un éxito político y mediático. Kirchner revivió a cuentagotas el capítulo de las torturas de los militares y el de la crisis financiera.
Esto duró cinco años. Luego del triunfo de Cristina (y la reelección de su esposo, habría que añadir) las fisuras comenzaron a surgir. El galopante gasto fiscal revivió el fantasma de la inflación, a pesar de los cómicos esfuerzos por manipular las estadísticas. Pero la detonante fue una protesta de algunos agricultores que se oponían a pagar impuestos.
Nadie la tomó en serio al comienzo. Los Kirchner eran duchos en asfixiar protestas. Utilizaron las mismas armas: el insulto, las amenazas, el chantaje, etcétera.
Pero el campo comenzó a organizarse más y más. De repente el país entero se contagia y despierta. Hasta que es en la propia institución que los Kirchner se habían empeñado tanto en destruir el Congreso, donde estos fueron derrotados hace pocos días. Y con ellos su prepotencia y autoritarismo.
La historia de los Kirchner es la historia de los populismos latinoamericanos que, como las tragedias griegas, se sabe desde el inicio que sus protagonistas tendrán un espantoso destino. La diferencia es que las tragedias griegas son más cortas.