El término procede del líder religioso persa Manes, del siglo III de la era cristiana. Originalmente designaba una doctrina que concebía la religión, la moral y la vida como una confrontación entre dos polaridades absolutas: el bien y el mal. Actualmente, el maniqueísmo designa cualquier posición simplista que divide la realidad y los seres en unos totalmente buenos y otros completamente malos, sin lugar para tonalidades, matices y ambivalencia. En la teoría de Melanie Klein, fundadora de la llamada escuela inglesa de psicoanálisis, esta dicotomía está presente inicialmente en el origen del pensamiento y las primeras relaciones del bebé con sus objetos amorosos; posteriormente, el niño descubrirá que un mismo objeto contiene rasgos buenos y malos, y ello lo llevará a una crisis cuya resolución determinará su posición y sus relaciones en la vida.
En la existencia humana, el maniqueísmo es una condición económica, irresponsable y cómoda: permite tomar rápidamente decisiones dividiendo al mundo en lo bueno y lo malo; ahorra esfuerzo emocional y gasto de pensamiento; ayuda a zafarse ágilmente de todo conflicto y sirve para que, quien se ubica en esta posición, se sienta moralmente superior. La vida en esas condiciones se parece a una película de vaqueros de los años 50: el chico bueno era joven, alto, fuerte, guapo, valiente, pobre y “buen puñete”; el villano era viejo, bajito, débil, feo, cobarde, millonario y… usaba bigote; la chica era virgen, rubia, bonita y tonta.
Aunque siempre estuvo en la vida política ecuatoriana, el discurso oficial del régimen actual implica un elogio del maniqueísmo, que sirve para dirimir asuntos locales e internacionales. El movimiento gobiernista es la sustancia del bien; los ministros son valientes patriotas, a menos que se nieguen a firmar incautaciones; la oposición es la maldad encarnada; Uribe es la quintaesencia de la perversión; Washington-Bogotá es el eje del mal y nuestros volátiles aliados socialistas son ejemplos democráticos. Manos limpias, mente lúcida y corazón ardiente contra corrupción, estupidez y desamor por la patria. La palabra de nuestro apasionado Presidente frecuentemente sugiere una tácita invitación para que cada ciudadano busque su diagnóstico cívico y político, usando una suerte de clave dicotómica semejante a la que los entomólogos usan para clasificar insectos.
En este clima de todo o nada, los ecuatorianos estamos abocados a elegir, o no, un proyecto de Constitución que nos viene dado para votarlo en paquete, en una alternativa total, absoluta y “urgente”. La gran proporción de “indecisos” es sensata, no solamente porque no conocemos el texto definitivo sino porque desconfiamos de una conminación simplona a elegir entre felicidad e infortunio, como en la memorable escena del asesino y el tendero en la última y premiada película de los hermanos Coen: No hay lugar para los débiles, título que también le vendría a esta superproducción nacional. Quizás no es tarde para que el politburó de Alianza PAIS y la Asamblea Constituyente hagan un replanteo de las modalidades y los plazos. Le harían un bien supremo al Ecuador, para que la pretensión histórica de generar el nuevo país no culmine en aborto o en cambium interruptus, por forzamiento “electoral” de cualquiera de los dos resultados.