martes 22 de julio del 2008 Columnistas

Elogio del maniqueísmo

El término procede del líder religioso persa Manes, del siglo III de la era cristiana. Originalmente designaba una doctrina que concebía la religión, la moral y la vida como una confrontación entre dos polaridades absolutas: el bien y el mal. Actualmente, el maniqueísmo designa cualquier posición simplista que divide la realidad y los seres en unos totalmente buenos y otros completamente malos, sin lugar para tonalidades, matices y ambivalencia. En la teoría de Melanie Klein, fundadora de la llamada escuela inglesa de psicoanálisis, esta dicotomía está presente inicialmente en el origen del pensamiento y las primeras relaciones del bebé con sus objetos amorosos; posteriormente, el niño descubrirá que un mismo objeto contiene rasgos buenos y malos, y ello lo llevará a una crisis cuya resolución determinará su posición y sus relaciones en la vida.

En la existencia humana, el maniqueísmo es una condición económica, irresponsable y cómoda: permite tomar rápidamente decisiones dividiendo al mundo en lo bueno y lo malo; ahorra esfuerzo emocional y gasto de pensamiento; ayuda a zafarse ágilmente de todo conflicto y sirve para que, quien se ubica en esta posición, se sienta moralmente superior. La vida en esas condiciones se parece a una película de vaqueros de los años 50: el chico bueno era joven, alto, fuerte, guapo, valiente, pobre y “buen puñete”; el villano era viejo, bajito, débil, feo, cobarde, millonario y… usaba bigote; la chica era virgen, rubia, bonita y tonta.

Aunque siempre estuvo en la vida política ecuatoriana, el discurso oficial del régimen actual implica un elogio del maniqueísmo, que sirve para dirimir asuntos locales e internacionales. El movimiento gobiernista es la sustancia del bien; los ministros son valientes patriotas, a menos que se nieguen a firmar incautaciones; la oposición es la maldad encarnada; Uribe es la quintaesencia de la perversión; Washington-Bogotá es el eje del mal y nuestros volátiles aliados socialistas son ejemplos democráticos. Manos limpias, mente lúcida y corazón ardiente contra corrupción, estupidez y desamor por la patria. La palabra de nuestro apasionado Presidente frecuentemente sugiere una tácita invitación para que cada ciudadano busque su diagnóstico cívico y político, usando una suerte de clave dicotómica semejante a la que los entomólogos usan para clasificar insectos.

En este clima de todo o nada, los ecuatorianos estamos abocados a elegir, o no, un proyecto de Constitución que nos viene dado para votarlo en paquete, en una alternativa total, absoluta y “urgente”. La gran proporción de “indecisos” es sensata, no solamente porque no conocemos el texto definitivo sino porque desconfiamos de una conminación simplona a elegir entre felicidad e infortunio, como en la memorable escena del asesino y el tendero en la última y premiada película de los hermanos Coen: No hay lugar para los débiles, título que también le vendría a esta superproducción nacional. Quizás no es tarde para que el politburó de Alianza PAIS y la Asamblea Constituyente hagan un replanteo de las modalidades y los plazos. Le harían un bien supremo al Ecuador, para que la pretensión histórica de generar el nuevo país no culmine en aborto o en  cambium interruptus,  por forzamiento “electoral” de cualquiera de los dos resultados.
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