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Alfonso Reece D. | areece@wales.zzn.com
El silencio de los conservadores
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Las ideologías políticas son liberales o conservadoras. No hay más, aunque caben los matices. ¿Qué quiere un conservador? Como se desprende de su nombre, quiere conservar. ¿Conservar qué? Un orden. ¿Qué quiere un liberal? Usando la misma fórmula diremos que quiere liberar, ¿liberar de qué a quién? Liberar al ser humano, o sea al individuo, de sus miedos, de las cadenas que él mismo forjó. La una visión mira al pasado, la otra al futuro. Sí, ya oí el chillido indignado: “¡¿Y el socialismo?!”. Las diversas tendencias que se engloban bajo ese mote son formas extremas de conservadurismo, que pretenden restaurar el orden del comunismo primitivo, con una rigidez y totalidad mayor que las formas religiosas o monárquicas.

Dentro del extremo conservadurismo socialista hay varias tendencias: en el extremo exagerado encontramos a los arcaístas, que no solo quieren restaurar la comunidad de bienes, sino la vida primitiva misma, o sea el atraso. La tecnología y la prosperidad para ellos rompen un supuesto orden natural que quieren conservar.

La caída del Muro de Berlín significó para los conservadores más ultristas un grave trauma, al que reaccionaron convirtiéndose al arcaísmo más extremo y se declararon “ecologistas”, apropiándose del nombre de una de las ramas de la biología moderna, científica, occidental y racional. De allí proviene ese extraño maridaje entre ecología y socialismo que suelen hacer. Se olvidan de Chernóbil, del desastre del mar Aral, de ese infierno de contaminación que se llamaba Alemania Oriental, de que el país más contaminador en proporción a su economía es China comunista y un larguísimo etcétera. Nada de esto lo toman en cuenta y achacan la destrucción del medio ambiente a sus antiguos demonios: el imperialismo, las transnacionales, el capitalismo…

El capitalismo y la economía de mercado no son, de ninguna manera, incompatibles con un manejo sustentable del medio ambiente. Todo lo contrario, el Estado, que para estas cosas es que existe, puede con relativa facilidad meter en vereda a las empresas privadas, impidiéndoles deteriorar la naturaleza y castigándolas cuando delinquen. En cambio, el Estado es pésimo controlándose a sí mismo, como lo demuestra el desastroso récord ambiental de la petrolera estatal de cierto país sudamericano que ha tenido 22 constituciones. Por cierto que  hay contubernios entre empresas y autoridades, pero eso no es capitalismo, sino corrupción, algo que se da en todos los sistemas y mucho más en los estatistas.

Pero mi propósito en esta ocasión no era criticar a los arcaístas, sino compadecerlos. Pobres. Creyeron que esta vez sí les iban a hacer caso y resulta que se aprovecharon de ellos. Sin embargo, andan muy calladitos. No he vuelto a saber de las ecochicas y de los activistas que se ataban a los árboles para evitar que se construya el OCP. Supongo que estarán llorando tras de una chilca por la cascada de San Rafael, que desaparecerá con el proyecto Coca; o por la reserva de Pacoche, que será afectada irreversiblemente por el nuevo complejo petroquímico; o por los tiburones que ahora solo nadan en los chifas… ¿Será que los mandaron a callar por majaderos y fumoncitos?
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