En el Guayaquil antañón que muchos de nosotros tanto añoramos, la medicina natural era utilizada con éxito, las enfermedades no tenían las características de endemias ni las complicaciones que desesperan en la actualidad.
Tampoco se conocían los antibióticos, que salvan muchas vidas y que lamentablemente producen considerables deterioros en el ser humano, debido al uso indiscriminado que se observa a diario.
En situaciones como las que siguen, aquella medicina tuvo siempre positiva aplicación: para casos intestinales, tomaban el tamarindo con infusión de sen; para la continencia urinaria, el agua de pelusa de choclo; si se tenía la orina turbia y de color negro, ingerían el agua de coco; en el padecimiento de otitis, usaban la hoja de ruda de Castilla.
Para los resfriados antiguamente se hacían inhalaciones de hojas de eucalipto, y a los niños que tenían tos y gripe les daban leche con pasas.
Los médicos hogareños no olvidaban para la expectoración el jarabe de cebolla colorada, que consistía en cortar el tubérculo en rodajas, agregarle azúcar y dejarlo ‘serenando’ (hasta el siguiente día).
Los mayores preferían café caliente con dos cucharadas de mantequilla, o también utilizaban la leche hervida con ajos o la caña fístola.
Para las hemorragias se les daba a los enfermos la infusión de la flor de la cruz, y a los diabéticos, la infusión de la hoja del árbol de la fruta de pan.
Para aliviar a un niño afectado por las paperas, se cortaban varios tomates y las rodajas se las colocaban alrededor del cuello, pues así le bajaba la hinchazón.
En cambio, el agua de lenteja era para los enfermos de sarampión, y además hubo las curaciones para el conocido espanto o mal de ojo, con ayuda del huevo y las hierbas con que sobaban al chiquillo y el soplido con alcohol, remate de la curación.