Prefiere beber algo frío, ya que la lluvia ha dado paso a la humedad y el café no resulta la mejor opción. Luce radiante. Tan resplandeciente como sus labios pintados de rojo y sus zapatos color naranja que lleva esa tarde.
Recién aterriza de San José, Costa Rica, satisfecha con los resultados de su exposición individual denominada Being born in a stable does not make you a horse (o de la patria por nuestra voluntad) en la galería TEOR/ética, invitada por la curadora y coleccionista Virginia Pérez-Ratton.
Entrega el catálogo que reseña su exhibición y reconozco una de las obras presentada en Arco Solo Projects, Madrid (febrero 2008): Aquí se hace lo que digo yo. Una frase tallada en piedra, una pieza que varios espectadores que visitaban su stand añoraban ponerla en su despacho o en la puerta de su casa. Llegaron tarde a la compra porque esa obra se vendió el primer día de la feria a los mecenas del museo Tate Modern Art de Londres. Muy atrás quedó el recuerdo de aquel retrato en óleo, con una boca de papel pegada encima que pintó cuando era estudiante de la universidad de Georgetown (EE.UU.) y ni pensaba convertirse en artista, como se define ahora.
“Mi existencia como artista empezó cuando regresé a Ecuador. Cada vez que llegaba a inmigración debía llenar el papelito que decía “ocupación”. Era un momento importante para asumir qué de verdad era. Ya no estaba en mi etapa de estudiante, ni era ama de casa y qué vergüenza decir ‘nada’. Entonces dije ‘soy artista’.
Nunca hacer ‘lo mismo’
Manuela había vivido en Estados Unidos y en París (Francia). Después de una década radicada en Ecuador sentía que las posibilidades de poner a prueba su trabajo eran mínimas, “no quería patinar en el lodo y hacer lo mismo y lo mismo; veía a artistas mayores que se quedaron en el país en un estado de comodidad y frustración”. Durante una exhibición colectiva que presentó en Madrid (2001) en el Museo de América, un artista colombiano le comenta sobre la maestría en artes visuales en Goldsmiths College; postula y es aceptada. Era el 2002. Se encuentra estudiando en la reconocida universidad de donde salió la generación de Young British Artists (Damien Hirst, Tracey Emin), la cual desbarata y cuestiona el proceso de las creaciones de quien pase por sus aulas.
Un tremendo reto, al igual que la experiencia de vivir en el centro de arte de Europa: Londres. Es que en la capital británica se produce una cantidad enorme de arte; existen cientos de museos, galerías, donde no hay 100, sino miles de artistas –de excelente nivel– compitiendo por el mismo pedazo del pastel. “Aquí el mundo del arte demanda traducir tus obras a lo oral, a que seas coherente, ordenado” y, claro, competitivo.
Como artista latinoamericana que vive y produce desde Londres con ideas que surgen de Ecuador o de América Latina, se exige a sí misma la posibilidad de que su trabajo pueda leerse en ambos mundos. No es su preocupación la búsqueda de la identidad a nivel país, sino plasmar su propia identidad al vivir en dos lados: en Inglaterra y en Ecuador.
Líneas y fronteras
Allí aparece la obra Con un pie en un lado y un pie en el otro (2005), unas esculturas de bronce de piernas en la posición que toman los visitantes a la línea ecuatorial. Territorios. Líneas de fronteras. Límites. Espacios. Ritos de posesión. Ritos personales. Son conceptos que utiliza en su obra. “Vengo trabajando desde hace tiempo con la noción de territorios, líneas de demarcación y fronteras –en cómo tienden a definir ciertas cosas, en hacerlas evidentes–. Lo interesante de las fronteras es que hacen evidente lo que está a uno y a otro lado de ellas. Estas obras exploran el concepto de espacio y territorio, sea como gesto político o en términos de entendimiento geográfico a través del uso del lenguaje –la frontera misma tiene un lenguaje propio– o tiene que ver con conflictos fronterizos específicos”.
Piezas creadas para la exposición en Costa Rica Being born in stable does not make you a horse o de la patria por nuestra voluntad (2008), Acta de canje (2008), Hago mío este territorio (2007), presentado en la Bienal de Venecia, Italia, y en la galería londinense One One One en mayo pasado, son algunas muestras de la artista.
Manuela no tiene un cuadro colgado en la pared de su casa; prefiere decorarla con objetos. Tiene una obsesión por lo depurado y es irascible ante lo superfluo. “Mi casa podrá ser desordenada, pero mis trabajos tienen que ser exactos. No busco la perfección, pero sí la precisión”, admite. “Tal vez eso sea el aporte de la cultura inglesa que es muy precisa. Aquí las palabras tienen peso. Un contrato verbal es válido ante la ley. Quizás mi trabajo sea una respuesta a la rugiente falta de precisión que existe en nuestro medio, donde se dice cualquier cosa”.
En su barrio de Islington se la ve religiosamente comprando el periódico vespertino. Los sábados adquiere el Financial Times y los domingos el Sunday Times como parte de sus ritos personales de su vida londinense. Manifiesta que las olimpiadas que se realizarán en el 2012 han quitado el presupuesto que el gobierno británico ofrece a proyectos artísticos, que incluso ha beneficiado a artistas extranjeros. Dice que muchos artistas y curadores empiezan a mudarse a ciudades como Berlín y Amsterdam, donde la vida es más barata y donde también ocurren fuertes movidas artísticas.
A las 20:30, los buses rojos de dos pisos circulan por la calle de Upper Street, los londinenses caminan de regreso de sus trabajos y Manuela, desde su cafetería favorita, piensa en su próxima exposición que será en la galería DPM de Miami. Y comenta sobre la invitación a Lima para presentar su obra Tiwintza Mon Amour. Ambas en noviembre de este año.