Escuchar y ver a alguien cuando le anuncian que su cónyuge ha muerto es realmente impactante. En apenas unos segundos se percibe un dolor extremo e indescriptible acompañado de un grito desgarrador.
Todo el ambiente se llena de pena y es como si el tiempo se detuviera en un instante. Pero siempre hay alguien, un familiar cercano o un amigo, que de manera sutil e inteligente interrumpe ese estado para decir qué hacer.
La pérdida de ese cónyuge, cuyo matrimonio pudo ser bueno, regular o malo, ha causado viudez, un término que en el idioma sánscrito significa vacío.
Según la orientadora familiar Gina de Castelblanco, el dolor que produce la viudez es tan extremo que deja atontado e incapacitado para pensar con claridad. “Es como si la vida no tuviera sentido”.
Durante esta primera etapa, que puede durar hasta dos años, aún se siente la presencia del cónyuge ausente, sobre todo cuando se frecuenta los mismos sitios donde compartían.
También se atraviesa por momentos de rabia, dice Castelblanco. Primero con la pareja, porque causó un vacío en medio de un proyecto de vida; segundo, con todo el mundo a su alrededor por sentirse incomprendido.
El psicólogo clínico Óscar Nieto agrega que el afligido también se rebela contra Dios, preguntándose por qué permitió que muriera; y en cuanto a la incomprensión que invade, se debe a que nadie puede entender el dolor que se siente por la pérdida, ya que cada ser humano la vive de manera diferente.
Luego viene la resignación como resultado de los consejos que la persona viuda recibe de quienes desean consolarla. “Es una etapa de aparente superación del duelo”.
Después aparece la fase de dolor auténtico, en donde realmente se reconoce que ha perdido a la persona que ama y que esta ya no la piensa más.
Por último, dice Nieto, viene la aceptación. La persona mira hacia atrás, despide a quien amó, lo reconoce como alguien que está ahí en un plano distinto y le guarda un lugar en su corazón. Pero luego se voltea y ve hacia adelante, pues su vida es otra muy distinta.
Grado de afectación
La viudez afecta a quien tuvo una relación de amor tan estrecha, como también a quien a pesar de llevar un mal matrimonio se acostumbró a su presencia, aunque sea para discutir.
Según la psicóloga clínica Romy Albuja Arteaga, aún no está definido de forma determinante que a los hombres les aflija más la viudez que a las mujeres. Pero sí se conoce que les cuesta más adaptarse a su nueva realidad, dependiendo de la cantidad de años que vivieron juntos como pareja.
Incluso en algunos hombres, ni sus hijos o nietos logran llenar el vacío que produjo la viudez, porque han sido radicales en su compartir y en su identificación hasta en los mínimos detalles con su pareja. Y por ser extremistas padecen la soledad de forma más profunda y dolorosa.
Otros, en cambio, por haber compartido su vinculación afectiva con mucha ligereza –infidelidad–, no se quedan anclados en la etapa de duelo, sino que la superan en compañía de otra pareja.
Esto sucede “porque no amaron realmente y tal vez reaccionan con dolor movilizados por una mala conciencia”, asegura Nieto.
Sin embargo, dice Albuja, en la mujer el grado de superación de la viudez es más rápido porque enfrenta el hecho de seguir siendo el puntal para sus hijos. Si son pequeños, continúa atendiéndolos y afrontando los múltiples problemas sociales y económicos que surgen, más los desajustes personales como, por ejemplo, caer en ansiedad o pérdidas escolares; y si son adultos, se refugia con ellos y comienza a disfrutar de su compañía o se incorpora al ritmo familiar de ellos.
“El tener hijos por los cuales preocuparse impide que los pensamientos de soledad, tristeza o dolor causados por la viudez ocupen mucho espacio”, dice Castelblanco.
“Pero la parte limitante de esto es que la persona se refugie en los hijos otorgándoles el rol del cónyuge ausente y olvidándose de sí misma como ser humano”, agrega Nieto.
Esto, refiere, implica cargarlos con una responsabilidad para la cual no están preparados los hijos. Lo mejor que una viuda puede hacer es reconocer y aceptar que el padre ya no está entre ellos y que su recuerdo siempre los va a fortalecer. Pero no implica evadir el dolor u olvidar al muerto, sino más bien darle un lugar, de tal manera que el recuerdo perdure de forma especial.