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Edición del DOMINGO 20 de Julio del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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Haydeé Apolinario Pezo
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Haydeé Apolinario Pezo
“Enviudé hace tres años porque a mi esposo, a sus 45 años, le dio un infarto masivo. Él sufría de diabetes juvenil y se le complicó con un principio de insuficiencia renal y cardiaca”, dice la pediatra Haydeé Apolinario Pezo.

Al enterarse de su deceso sintió mucho dolor, soledad y resentimiento por haberla dejado.

“Después quise sobreponerme, pero no podía y mi familia, en su afán de ayudarnos y sin preguntarnos, al mes del fallecimiento  nos mudó a mi hijo y a mí para su casa, para que saliéramos adelante.

Un tiempo después, ambos acudimos con un psicólogo, porque estábamos muy afectados, pero ahora nos sentimos muy bien.
Pero lo que realmente nos ayudó a superar su ausencia fue la presencia de Dios en nuestras vidas, porque somos testigos de Jehová. La esperanza que tenemos es que mi esposo algún día resucite entre los muertos, como dijo Jesús en Juan 11:25: ‘Yo soy la resurrección y la vida. El que ejerce fe en Mí, aunque muera llegará a vivir’. Ese es nuestro consuelo”, agrega Haydeé.


José Marañón Costa
La esposa de José Marañón Costa falleció hace seis años de manera repentina por un aneurisma. “Cuando llegué a la clínica y me informaron de su muerte mi vida se hizo pedazos y me quedé en blanco. Y fue a la semana que empecé a reaccionar”.

En esa época, dice, sus cuatro hijos mayores eran ya adultos, pero su última hija tenía apenas 15 años.  Por ella decidió renunciar a su trabajo de visitador médico porque necesitaba darle más tiempo.

“Mis hijos nos ayudaron mucho dándonos apoyo emocional, pues cuando llegaban a la casa se sentía el calor de la familia.

“Mis amigos me dicen que rehaga mi vida, pero no, porque mi esposa aún está en mi corazón y siento a cada instante su presencia. Ella fue una mujer que se desvivía por mí, alguien que nunca dejó de festejar mi cumpleaños en el mes de mayo. Por eso desde que partió ese mes no existe para mí, pero sí su bello recuerdo”.

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