Era una fuente de consejos no solicitados y casi nunca aceptados, un recordatorio continuo de cuán mejores fueron los tiempos idos, y en general una especie de encarnación de la depresión, la resignación, la pasividad y la nostalgia. Era como si la vida la hubiera jubilado y la poca liquidación que recibió la hubiera puesto a disposición de sus hijos, de quienes desde ese momento empezó a depender, especialmente si se trataba de una abuela viuda.
Su papel en la familia por lo general se limitó a ayudar en tareas de la casa o a cuidar a los nietos. Por supuesto que hubo abuelas que vivieron una vida totalmente diferente a la descrita, pero la mayoría tuvo un papel menos que secundario en la vida familiar y en la sociedad hasta las postrimerías del siglo pasado.
Pero los tiempos han cambiado, y mucho. Los nietos de esa época ahora son abuelos, y la abuela actual no tiene semejanza alguna con su similar del siglo pasado (si lo duda, trate de compararse con su abuela en una variedad de temas). Muchas de ellas incluso rechazan ser llamadas “abuelas” para mantenerse a una distancia segura del estereotipo antiguo. ¿Hay diferencias y por qué se produjeron?
Se pensaría que la primera gran influencia fue la determinación de igualdad de derechos entre los sexos, que produjo más interés en educarse y tener acceso a fuentes de trabajo, que hasta antes de los movimientos feministas de los años setenta estaban reservadas mayoritariamente para los hombres, de los cuales dependían para casi todo. Con esto se elevaron considerablemente la autonomía económica y la autoestima de un gran porcentaje de las ahora abuelas que saben que pueden darse gustos sin recurrir a la voluntad de nadie.
Además, el solo hecho de sentirse más productivas les prolongó la vida útil; viven más tiempo, más activas, y administran su tiempo con criterio más individualista. Una abuela de sesenta años de hace medio siglo tal vez pensaba que cuidar a un nieto era su razón de vivir, y no miraba más allá. La abuela sesentona del siglo XXI para cuidar a un nieto una tarde tiene que dejar a un lado algunas de sus actividades laborales, o hacer un espacio entre el gimnasio y una reunión con sus ex compañeras. Es una mujer que siente que tiene vida propia, sabe que la puede administrar y compartir, si es el caso, con eficacia.
La otra gran influencia para la ejecutividad de la abuela actual es la necesidad de su presencia. Como nunca antes en la historia la figura de la abuela en un sinnúmero de hogares es vital, porque los padres por sí solos no pueden manejar todo el peso de la familia. Las necesidades económicas ahora prácticamente exigen que ambos padres trabajen y estén alejados de sus hijos la mayor parte del día. La ayuda que la abuela presta en estas circunstancias es invalorable, desde ir al supermercado, llevar al nieto al médico o supervisar deberes escolares, entre otros escenarios.
Lo principal, por supuesto, es que su presencia en la vida de los nietos mantiene vigentes los valores familiares que ninguna buena empleada puede remplazar. Ni qué decir cuando tienen que ayudarlos a suplir la falta de sus padres por ciertas causas.
En resumen, la abuela actual ya no es la viejita obsoleta que es tratada como mueble antiguo, o a quien todos “se le cargan”. La de ahora se hace respetar porque sabe dónde está parada, sabe lo que vale su tiempo y sabe que su opinión es fruto de toda su experiencia y, sobre todo, sabe que tiene alternativas.
Además, no está sola: la comunicación global la tiene en contacto directo y continuo con su grupo contemporáneo, que le brinda apoyo cuando lo necesita, ya sea vía correo electrónico, saliendo a almorzar o yendo de visita o de compras. En realidad, la vida de las abuelas actuales es envidiable, pues tienen lo mejor de dos mundos: sentirse necesarias e independientes. Y todo esto después de haber criado a sus hijos. ¡Impagable!