El ‘Cura’ de Boca 9
Es un ícono de la Asociación Boca 9 y ha palpado el cambio de Guayaquil a diario desde la esquina de Boyacá y Nueve de Octubre. Ahí, Elmo el Cura Suárez, un “guayaquileño de nacimiento y de corazón”, como él se cataloga, comparte recuerdos de antaño con otros amigos de la asociación y añoranzas de la ciudad de hace 50 años.
Es un guayaco de cepa y para demostrarlo lleva orgulloso en cada esquina del cuello de su camiseta las escarapelas de Boca 9 y del colegio Vicente Rocafuerte, donde es profesor de natación.
En medio de las bancas de la regeneración urbana, él se mueve para leer las noticias, conversar de los problemas y de “cómo ha cambiado Guayaquil”. El Cura vive en Gómez Rendón y Chile, pero todos los días, de 12:30 a 15:00, se da cita en esa avenida emblemática de la ciudad, donde –bromea– se tratan cosas de la vida: “Como lo que le pasó a este –dice señalando a uno de sus amigos–, que se cayó y se rompió los cachos”.
El Cura tiene 79 “abriles” y ha sido campeón bolivariano en salto ornamental, cuatro veces campeón grancolombiano y subcampeón sudamericano.
Cuando lo cuenta se pone de pie, saca pecho y entona el Himno Nacional para recordar las medallas recibidas en el podio. Sus amigos se ríen y el fotógrafo aprovecha para sacar unas gráficas. “Tanto me va a tomar que nos vamos a enamorar los dos”.
El sentido del humor es una de sus características. Y dice a su estilo que este año se jubilará para hacer lo mismo que sus amigos: “Dormir de mañana y descansar de noche”.
Suárez comenta que extraña el Guayaquil de las celebraciones en la calle y por eso para conmemorar las fiestas de la ciudad, el 25 de julio, realizarán un baile en la av. Nueve de Octubre, desde las 11:00.
Los Pinargote de la salsa
Más guayacos, imposible, dicen ellos. Hinchas de Barcelona y de Emelec, amantes de la cerveza y devotos de la salsa. Son los hermanos Galo y Jorge Pinargote, los dueños del Cabo Rojeño, un bar salsero que desde hace 25 años entretiene a los amantes del fútbol y la música en el centro.
El bar funcionó primero en Zaruma y Rumichaca, pero en 1991 cambió de sede a Rumichaca y Luis Urdaneta, con el mismo estilo: brindar salsa pura y rendir tributo a los equipos emblemáticos de Guayaquil.
El Cabo nació de una pasión deportiva. Galo es emelecista y Yoyo, como lo conocen los amigos a Jorge, es barcelonista. Por eso decidieron dividir el bar y pintarlo mitad azul y mitad amarillo, con cuadros, escudos y fotos de sus equipos.
En ese ambiente, al que se suman tres plasmas que proyectan a Héctor Lavoe en su mejor época, se viven los clásicos del Astillero o una noche entre amigos.
Galo y Yoyo aseguran que los clientes han convertido al Cabo Rojeño en un símbolo de la ciudad. “Son 25 años y se ha mantenido por el público, ellos hacen el Cabo”, dice Yoyo, quien nació en Manabí, pero vive en Guayaquil desde los 3 años.
El nombre nació por una vinculación con la salsa. En Puerto Rico, cuna de salseros, existe un sitio llamado Cabo Rojo y a los nacidos allí se los conoce como cabo rojeños; además, en Nueva York hubo un lugar homónimo.
Ellos dicen que a los guayaquileños los caracteriza su empuje y ‘lo calientes’ para bailar. Y eso se siente en el Cabo Rojeño. La conversación acalorada, que se calma con una ‘heladita’; la pareja que se funde en un solo quiebre tropical al ritmo de la Sonora Ponceña; o el fanático que viste la camiseta de su equipo y aún discute por qué no llegó a la liguilla.