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Edición del DOMINGO 20 de Julio del 2008 EL UNIVERSO inicio e-mail
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María Angélica Apreciado Chávez
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En la cuna de Guayaquil
María Angélica Apreciado Chávez nació con el cerro Santa Ana, en la época en que las escalinatas Diego Noboa y Arteta eran un sueño en medio de las empinadas cuestas de polvo y lodo.

Guayaquil surgió de ese cerro junto a Las Peñas y empezó a expandirse con grandes edificios. “Subíamos en tierra para arriba y abajo no empezaba todavía a crecer la ciudad”, dice esta guayaquileña de 78 años.

Los vecinos, los más antiguos y los niños de escuela y colegio la reconocen y la saludan a su paso. Ella suele descansar cada mañana en el escalón 169 de esas escalinatas, que hoy ayudan a subir sin dificultades y son el camino hacia una ruta turística.

Dice que el cerro está más bonito, pero que sigue siendo el barrio tranquilo en el que ella se crió y en el que quiere pasar sus últimos días. “A mí me bajan muerta de aquí”, expresa sonriente, mientras observa el paso de extranjeros que van rumbo al faro.
 
Pese al cambio urbano, Doña Angélica no se animó a ser empresaria como muchos de sus vecinos, pero ve de cerca el empuje de la gente. Y eso la hace sentirse orgullosa de ellos.

Vive enamorada del cerro, pero hace una confesión: no conoce el faro ni tiene planeado subir a verlo. Para ella, la esencia del Santa Ana está en el paso de la gente y el saludo diario de sus vecinos.


Tras una tradición
Está en peligro de extinción, pero Petita Tobar lucha a diario para mantener viva esa tradición porteña: la chicha resbaladera. Es una bebida que nace de una mezcla de soya, cebada y leche y que durante años ha conquistado el paladar de los porteños.

Aunque nació en Colimes (Guayas), Petita se considera guayaquileña. Lleva 40 de sus 56 años viviendo en la ciudad y 15 comercializando la resbaladera en un puesto en la calle Seis de Marzo.

Empezó con un quiosco  en Seis de Marzo y Maldonado, junto a uno de los locales de confección de años viejos; ahora por las ordenanzas municipales pasó a ocupar el área de una vivienda cercana, en Seis de Marzo y Francisco de Marcos.

Hasta allá llegan sus clientes en busca de un vaso que los refresque del calor guayaquileño o calme el hambre de antojos de la tarde.

Petita aprendió la preparación de  una vecina; luego un amigo la animó para que empezara a venderla. Así comenzó a ganar adeptos  y a ubicarse como una de las pocas comerciantes de esta bebida.

Más de una década después, ella se sigue levantando a las 06:00 para elaborarla  y tenerla lista al público, a las 10:00. La bebida se vende con porciones de cake, tostadas, quesadillas o las llamadas lengüitas de gato.

Los periodistas, taxistas, artesanos y mecánicos se ubican entre sus principales consumidores. “Espero que se mantengan, porque la cosa está difícil”.

Por su quiosco han pasado generaciones de familia, a quienes continúa deleitando con una preparación casera que se niega a morir.


Emprendiendo retos
Luis Fernando González es la muestra del guayaquileño arriesgado y emprendedor, del comerciante nato, que hace de cada oportunidad un buen negocio.

A sus 31 años  ha probado con tres negocios propios en busca de una independencia laboral y económica para su familia.

Cuando tenía 22 años y era estudiante, Luis Fernando se animó a traer zapatos chinos desde la zona franca de Iquique, en Chile, para venderlos en Ecuador. No le fue bien, dice, hubo trabas y complicaciones, pero aprendió de  esos errores. “Era muy joven, pero luego uno se pone más canchero”.

Luego probó suerte con una revista deportiva, en la que tuvo éxito. Sin embargo, decidió dejarla por una mejor propuesta laboral. Fue gerente de marketing de On net, pero la idea y sus ganas de ser independiente le siguieron rondando la cabeza.

“Conversando con mi esposa decidimos empezar con la venta de mariscos porque mi suegro es propietario de un negocio parecido y tenía un proveedor directo”, dice.

Lleva 16 meses en  la distribución al por mayor y menor  y su negocio está en marcha.  Le vende a encebolladeros o picanterías, a comerciantes de la Caraguay y a familias de la urbe. “Lo bueno está ahí, si te resbalas, aprendes y te das cuenta de que sí se puede mejorar y no cometer los mismos errores”.


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