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Guayacos por convicción
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Muriel A. Beaven
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Nativos y migrantes testimonian cómo son los guayaquileños.

Los sabores urbanos
Muriel A. Beaven, propietaria del conocido restaurante de mariscos El Caracol Azul, se siente más guayaquileña que muchos nacidos en esta tierra. “Aquí he vivido por 36 años. Solo me ganan quienes han estado aquí más tiempo que yo”, bromea esta anglochilena (padre inglés y madre chilena) que se considera una admiradora de la ciudad, de su gente, sus olores, sus sabores. Llegó por consejo de su hermano mayor, que ya vivía aquí, y de allí comenzó a identificarse con guayacos que al poco tiempo la trataban como una amiga.

Los olores de Guayaquil y el Ecuador en su conjunto se quedaron con ella cuando en sus inicios en esta tierra trabajó como vendedora. “Viajé a todas las provincias. Conocí mucho y me gustó todo”, recuerda, y destaca su paso por los pueblos costeros, en particular Manta.

Pero siempre volvía a Guayaquil, “mi casa, la cual extraño cada vez que salgo de viaje”. ¿Qué echa de menos? Las vistas desde el malecón, con un río que la emociona en su correr hacia el golfo. Muriel se parece al Guayas, “también me muevo, evoluciono”, aunque en los sabores de su restaurante ha preferido guardarlos como un tesoro, que comparte con los de nuevos platillos. “Mi chef es el mismo en tres décadas; eso explica por qué los extranjeros que regresan después de diez años de haber estado en Guayaquil encuentran el mismo sabor que les encantó”. Ese es el aporte que Muriel deja a la ciudad. Eso por haberle entregado 36 años de felicidad y crecimiento humano.


Tres goles de entrada
Todo guayaquileño ha nacido en una ciudad que le ha marcado tres golazos al destino, según el técnico de fútbol Dussan Draskovic. El primero es contar con un clima que se mantiene equilibrado los doce meses del año. “En Montenegro (mi país natal) hay un verano calurosísimo de 40 grados, mientras que el invierno llega a temperaturas bajo cero. Aquí (en Guayaquil) siempre hay buen clima”, señala el actual director de las divisiones menores de Barcelona, quien gracias al clima guayaco pudo curarse una afección en la columna.

El segundo golazo es la posibilidad de comer siempre alimentos frescos. Eso es una tradición muy sana en la ciudad, “porque en otras partes hay que almacenar las frutas o legumbres por muchos meses, mientras que aquí siempre hay productos”, indica el montenegrino, quien finaliza que ese detalle alimenticio es parte de una dieta que les permite a los jóvenes desarrollarse sanos y fuertes. Ese es el tercer gol. “Por ejemplo, en una prueba que hicimos a 3.000 jóvenes guayaquileños, más del 70% presentó características para convertirse en atletas de alto rendimiento. En otros países no se llega ni al 20%”, señala el entrenador europeo, casado con una guayaquileña, con quien tiene dos hijas, de 13 y 10 años, quienes, según Dussan, tienen la bendición de criarse en tan bendita ciudad.


Destino turístico
Es una ecuación compleja: gente amable, más una completa planta hotelera, más atractivos naturales y culturales cercanos y, finalmente, una estructura urbana atrayente y en constante crecimiento.

El suizo Gino Luzi, gerente general del Grand Hotel Guayaquil desde hace 31 años, considera que ese collage de atributos hace del Puerto Principal una urbe con un claro presente y futuro turístico. “Guayaquil está destinado a ser un destino de convenciones y congresos de fama internacional”, asegura quien también es, desde hace 20 años, presidente de la Asociación Hotelera del Guayas (reelegido nueve veces para periodos de dos años).

Luzi es muy conocido dentro del panorama turístico local. Llegó después de haberse desempeñado como gerente de hoteles en Panamá, Honduras y El Salvador, en donde se casó con Dinorah Cabella, hoy cónsul honoraria de El Salvador en Guayaquil.

Y desde entonces se enganchó a este entorno sembrado de razones para llamarlo “hogar”. “El guayaquileño es amable, cooperador, aprende rápido y tiene un carisma particular. Por eso estoy orgulloso de que mi hijo Aldo (26 años) sea bien mono (guayaco)”, indica este profesional del turismo, graduado en la Escuela de Hotelería de Lausana y que habla alemán, francés, inglés, italiano y español.

Esa visión internacional lo hace destacar el carácter de los guayaquileños, “porque siempre tienen tiempo para acercarse a los amigos, ser amables, conversar. No es lo mismo en Europa, por ejemplo, aquí siempre hay una sonrisa franca para regalar”.


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