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| Más guayacos por convicción |
Música en el corazón La música lo llevó a la vida agitada de una urbe muy distinta a su natal Loja. Tras haberse graduado del colegio y como músico en la capital sureña, el violinista y director de orquesta Patricio Jaramillo primero residió dos años en Quito trabajando en la Orquesta Sinfónica Nacional, aunque después decidió junto con su esposa limeña, de padres guayaquileños, mudarse a esta tierra que los acogió en los nuevos espacios que se abrían para el arte. “De Loja salí para seguir creciendo en la música, buscando nuevas posibilidades; y abandoné Quito porque me interesaba el nuevo giro que Guayaquil mostraba hacia las artes”, indica Jaramillo, quien decidió abrir también sus propios espacios al inaugurar su conservatorio de música en la ciudadela La Garzota, llamado Niccolo Paganini.
Guayaquil respira cultura y arte, alaba Jaramillo, por eso se siente totalmente adaptado después de trece años de residir en el Puerto Principal junto con su esposa y dos hijos, de 15 y 11 años (su hijo menor es guayaquileño).
Las canciones de Julio Jaramillo son parte la cultura musical guayaquileña, según el artista lojano, quien destaca que en los últimos años los colegios y escuelas han aumentado sus cursos sobre arte. “La música está en toda la ciudad. Nuestros hijos la aprenden y reciben esa sensibilidad que los ayuda a ser felices”.
Hervidero comercial Es una tierra de oportunidades. Es una fuente de crecimiento. Vilma Vega de Hidalgo, nacida en Quevedo (Los Ríos), aprovechó esa situación para dedicarse al oficio que conoció cuando, recién llegada a Guayaquil hace 26 años, caminaba en los sectores de la Bahía. “Veía los puestos de ropa, con toda esa gente haciendo negocios, moviendo productos. Yo me decía: algún día yo tendré un espacio allí”. Y así sucedió. Hace 21 años, Vilma pudo reunir 20 mil sucres en su entonces ocupación como costurera para adquirir un local comercial.
Allí comenzaron sus viajes a Huaquillas (El Oro), en la frontera con Perú, con una amiga para adquirir ropa que luego vendía a sus clientes en Guayaquil. “El comerciante debe ser inteligente, sabio y astuto”, recomienda Vilma, así lo aprendió entre sus compañeros guayaquileños.
Inteligente para escoger la línea de producto que más le convenga, sabio para analizar adecuadamente a los clientes mayoristas a quienes poder dejarles mercadería fiada y astuto para llegarle con las palabras adecuadas al comprador.
Las ventas son pura labia, asegura Vilma, y así ha conseguido surgir gracias al apoyo de su esposo Washington, ingeniero comercial. La Bahía es un ejemplo de la vorágine comercial que vive esta ciudad a la que llegó junto con su cónyuge y sus dos primeros hijos, ya que su hija menor, de 23 años, es guayaquileña. Y aquí permanecerán, asegura, “ya que siempre me ha gustado superarme”, y Guayaquil es perfecto para cumplir tal propósito.
Con espíritu libre No eligió venir. Solo tenía 6 años cuando sus padres decidieron que abandonarían su natal Guamote, provincia de Chimborazo, para buscar mayores oportunidades de educación en Guayaquil. “Mi madre quería que sus seis hijos tengamos la mejor preparación. Fue algo difícil al principio, pero los niños tienen una gran capacidad de adaptación”, indica el doctor Alberto GavilAnes, quien tras graduarse en el colegio San José La Salle estudió medicina en la Universidad Católica y se especializó en ginecología en la Universidad de Guayaquil.
Ese desarrollo académico ha sido compartido con el crecimiento humano en medio de un pueblo “alegre, laborioso y entusiasta. El guayaquileño sabe trabajar por su familia”.
Esa lucha también responde al espíritu independiente de los habitantes, y ninguna fecha representa mejor esa actitud que el 9 de Octubre, agrega Gavilanes, porque “Guayaquil allí se muestra como cuna de la independencia, de la libertad de todo el Ecuador”.
Y parte de esa libertad se respira en las caminatas al aire libre en sitios especiales, como los parques Centenario, Seminario y Forestal, “donde los guayaquileños solían distraerse, antes de los centros comerciales y el Malecón”, indica este hombre que junto con su esposa y tres hijos suele visitar Guamote, porque “nadie debería olvidarse de su pasado, de dónde proviene, hacerlo sería destruirse”.
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