La nueva novela del escritor español se mantiene en los primeros lugares de popularidad en América Latina y España.
Predomina la percepción de que mientras mayores sean las ventas de una obra artística –o que se pretenda artística–, menor será su calidad. Hay ejemplos de sobra que corroboran esta apreciación, ya sea en las salas de cine o en las librerías. Sin embargo, en ocasiones se trata de un prejuicio, cuando no de una envidia oculta.
Por fortuna, se admite la existencia de excepciones; filmes taquilleros o libros que justifican con sus virtudes la enorme acogida. Resulta lamentable que este no sea el caso.
El juego del ángel, de Carlos Ruiz Zafón (Barcelona, 1964), salió al mercado el pasado abril con una tirada de un millón de ejemplares solo en España, y se ha vendido de forma abrumadora. Gran parte del éxito comercial se lo debe a la popularidad de la anterior novela de este autor, La sombra del viento, y a la promesa de conexiones entre ambos libros, una coquetería que suele garantizar las rentas a las editoriales.
La publicación más reciente no podría empezar mejor. Desde el principio plantea una cuestión moral: la entrega del escritor a la vanidad y a los réditos que le asegura su obra, lo que constituye una de las formas de la abyección.
“Un escritor nunca olvida la primera vez que acepta unas monedas o un elogio a cambio de una historia (…); está condenado a recordar ese momento, porque para entonces ya está perdido y su alma tiene precio”, se lee en el párrafo inicial.
Son palabras que le auguran buena salud a las cerca de setecientas páginas que el lector comienza a transitar. El encanto acaba demasiado pronto.
David Martín es un adolescente de vida desdichada. Su madre lo abandonó siendo niño y desde entonces convivió solo con su padre, quien alguna vez le dio una golpiza por el simple hecho de tener afición a la lectura; un exabrupto, se dirá; más precisamente, una exageración, un melodrama.
Luego de un tiempo, su progenitor muere. El joven huérfano, con la ayuda de un protector, viene a ocupar un puesto de bajo rango en un diario de segunda, y un día le hacen una propuesta: escribir una historia de ficción para una página dominical que se ha caído a última hora, por lo que le pagan unas cuantas monedas.
Pasan los años y llega a ganarse un lugar fijo en las ediciones del periódico. Su especialidad es el género policial. Adquiere cierta fama hasta que recibe una segunda propuesta de un personaje con cualidades sobrenaturales, diabólicas. Este le encarga, a razón de una descomunal suma de dinero, crear una religión, un libro por el que vivan y mueran los hombres.
Hasta aquí la novela no pasa de ser un juego de meras posibilidades felices. La trama se desenvuelve en las primeras décadas del siglo XX y termina años antes de la Guerra Civil española, más un epílogo situado cerca de una década después de que esta acabara. Es el telón de fondo, muy de fondo, además de una Barcelona de características góticas que busca dar un determinado clima. Nunca este concepto se manejó de modo tan literal, tan ligado a las condiciones atmosféricas: abundan los atardeceres y las lluvias, las descripciones –algunas salvables– y las metáforas en las que los vocablos “lágrima” y “veneno” se multiplican.
Proliferan también diversos ingredientes que cumplen el objetivo de sazonar. Un amor nebuloso, personajes de papel, de una sola dimensión; diabluras, persecuciones, muertes y misterios. La novela revela uno de sus aparentes motivos, ya prefigurado por las preferencias del protagonista. Intenta ser, entre otras cosas, una historia policial. Una frase es recurrente luego de oír pasos en las sombras: “Fue entonces cuando lo vi”. La sorpresa, a fuerza de repetición, deja de serlo.
Los libros
Uno de los vínculos con la novela precedente radica en el Cementerio de los Libros Olvidados, un lugar secreto al que acceden solo quienes profesan verdadero amor por la literatura. Esto, a su vez, quiere hacer referencia al Borges de las bibliotecas interminables, quien aseguraba que el género policial debía cumplir unos requisitos básicos.
Tienen que declararse todos los términos del problema; la economía de personajes y de recursos constituye una condición, y la trama debe solucionarse de forma maravillosa, pero no sobrenatural; y aclaraba que las brujas y los brujos, las operaciones maléficas y la magia configuran una estafa. El lector deberá descubrir, si lo desea, en qué aspectos El juego… viola esas normas.
Aparecen guiños evidentes a otros autores. En el capítulo 8 de la primera parte se rinde homenaje a Cien años de soledad, de García Márquez; los rasgos fantasmagóricos de quien le encarga el libro maldito y los peligros del más allá recuerdan al Drácula, de Bram Stoker; el comercio del alma, al Fausto, de Goethe; las bondades de un protector, a Dickens, cuya Grandes esperanzas es la novela que a David obsequian en la infancia; y se nombran títulos de escritores consagrados.
En resumen, El juego del ángel es un auténtico best-seller, una acumulación de elementos que ya han probado su eficacia, pero realizada probablemente con una total honestidad, sin anhelar ser memorable, sino simplemente entretenida.
Las páginas se dejan leer, y esa lectura es rápida. Parece apropiado que los diálogos se manejen con un tono socarrón, de esta manera se atenúa el romanticismo de algunos pasajes. Son realmente divertidos los debates sobre religión, aunque no aporten cosas nuevas.
No tiene nada de malo que una novela sea entretenida, a menos que eso represente su máxima aspiración. Se trata de una obra confeccionada con miras a otro tipo de futuro, irónicamente, ausente de ocultismos: la venta de los derechos cinematográficos.