Domingo 20 de julio del 2008 Cine

La Rabia de Cordero, en noviembre estará lista su nueva película

BIDEGOIAN, España | Patricia Villarruel

La coproducción de España, México y Colombia será llevada a los festivales de Cannes y Berlín

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BIDEGOIAN, España. El actor mexicano Gustavo Sánchez Parra, que encarna a José María en Rabia, en el desván de la mansión donde se esconde.

El cineasta  ecuatoriano se dedica ahora a la edición de la cinta filmada en el País Vasco, España.

No es más que una buena historia. Sebastián Cordero enhebró con ese material un guión envolvente. No se decantó por  un reparto estruendoso, pero sí de buenas actuaciones. Y memorables.

Nada de mercadotecnia ni efectos especiales. En Rabia, su tercer largometraje, la estrella es la película. Autor de dos cintas saludadas por la crítica (Ratas, ratones y rateros, 1999, y Crónicas, 2004), el realizador quiteño edita estos días en Barcelona el material del rodaje de un thriller inquietante y conmovedor, basado en la novela homónima del argentino Sergio Bizzio. El libro cayó en manos de Bertha Navarro, directora de Tequila Gang, compañía fundada por el oscarizado Guillermo del Toro. También, en las del vasco Iker Monfort, número uno de Monfort Producciones. Decidieron aunar esfuerzos, pero desde el primer instante fue la mexicana quien pensó en Cordero.

“Era fundamental contar con el director adecuado, y yo, que ya trabajé con él en Crónicas, le tengo mucha confianza porque maneja muy bien esas historias con un toque de oscuridad y tensión dramática”, dice Navarro, considerada una de las mayores descubridoras del talento emergente del cine latinoamericano.

La trama parece simple. José María (Gustavo Sánchez Parra, mexicano) labora en España como albañil y Rosa (Martina García, colombiana), como empleada doméstica. Una discusión lleva al inmigrante a un violento enfrentamiento con su capataz, que culmina con la muerte accidental de este último. José María decide refugiarse en la mansión donde trabaja su pareja, sin contar nada a nadie, ni siquiera a ella. Es así como se convertirá en testigo de la vida de Rosa en la casa de la familia Torres, encarnada por los españoles Concha Velasco y Xabier Elorriaga, y sus hijos Marimar y Álvaro, interpretados por Iciar Bollain y Alex Brendemühl.

Cordero, dice, no pretendió usar la obra de Bizzio para contar otra historia distinta; aplicó su creatividad para llevar a la pantalla una cinta de amor cuajada de símbolos.

Rabia es un fresco de una familia venida a menos. Un lienzo donde habita la intimidad del amor y la crudeza de una creciente soledad. Navarro creyó en la necesidad de que los protagonistas de la cinta sean inmigrantes, por el grado de vulnerabilidad que aportaban a la narración. Más de uno se reconocerá en su delirio y en su dolor.

Pero es en la locación escogida donde también descansa la fuerza de la película y la estética con que está contada. Hay más de un registro de Buñuel en Rabia. En esa mansión emplazada en Bidegoian (País Vasco), donde se rodaron ocho de cada diez escenas del filme. La vivienda de cuatro plantas y un desván dispone de una zona distinguida que no conecta con otra que comunica el último piso y el sótano, y por el que solo transita el personal de servicio.

Por eso Eugenio Caballero, director artístico, escogió “una paleta de color muy delimitada que transmitiera los estados de ánimo y la vida de los protagonistas. Colores cálidos en el área noble y fríos para la de servicio”. Abundan los grises en todos los matices “para ahondar en la idea de lo gris, que es la vida de los personajes y cómo esa casa los absorbe”, asegura.

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