domingo 20 de julio del 2008 Columnistas

Francisco Febres Corderopajaro@eluniverso.com

¿Qué nos deja la Asamblea?

Nos deja, primero, una sensación de vértigo, de artículos aprobados al apuro y en paquete, sin la necesaria reflexión ni discusión.

Nos deja la certeza de que, por sobre los poderes absolutos de que estaba imbuida, existía otro, cuya voluntad gravitaba sobre ella. Un poder emanado del Ejecutivo y que, a nombre de un buró aparecido de repente, fue capaz de descabezar a la principal autoridad (acusada de lenta, contemporizadora y excesivamente democrática), para reemplazarla por otra más ágil, capaz de flotar aun en aguas cenagosas, y dispuesta a privilegiar la cantidad antes que la calidad.

Nos deja la impresión de que quedamos sepultados bajo una avalancha de palabras, algunas de ellas caídas ahí sin orden ni concierto, sacadas a luz al vaivén de la novelería, amontonadas según el dictamen de la improvisación. Una avalancha que crea confusión, desorden, cuando lo que el texto requería era justamente lo contrario: una economía verbal tan precisa, tan exacta, que no se prestara a dudas, a dobles interpretaciones ni diera lugar a ambigüedades.

Nos deja ese extraño malestar de hartazgo que sentimos después de los excesos. Hay allí un no sé qué parecido a la gula. No existió parquedad, moderación, frugalidad. Se abrieron las fauces de la Constitución para que ella lo engullera todo y su cuerpo se engordara hasta la obesidad: si en kilos pudieran pesarse los artículos que tiene, la báscula revelaría una cifra francamente preocupante, que arroja un diagnóstico malsano. Aquel que, por su propia naturaleza, debía ser un texto parco y, por tanto, ágil, nervudo, contundente, resultó pesado y, por lo tanto, su deambular por el futuro se volverá tortuoso.

Nos deja la convicción de que la necesidad de cambio por el que clama el país, debe pasar, ineluctablemente, por el diálogo, no por la imposición novelera de ciertas tesis sacadas de la manga a último momento y, peor, con el exclusivo fin de dar gusto a quienes, con su voto, han ofrecido la aprobación del texto.

Nos queda la evidencia de que los asambleístas nos reflejan y que, de un pueblo nacido y crecido en la desigualdad, nacido y crecido en la injusticia, nacido y crecido en la ignorancia, no pueden brotar, de súbito, juristas probos, pensadores profundos y sesudos, analistas serios, doctos. Que los hubo en la Asamblea, los hubo, pero fueron los menos. Los más, bastos o vocingleros, llevados allá por el azar de ciertas amistades después rotas, por la utilización de una popularidad ganada en la pantalla, por compromisos impuestos por las circunstancias. Y fueron algunos de ellos, justamente, quienes se encargaron de promover las discusiones más absurdas sobre temas que, a su juicio, merecían ser elevados a constitucionales. Por ellos, hasta Dios fue distraído de sus tareas específicas, los símbolos patrios se pusieron a temblar y los catres crujieron como únicos testigos del derecho al orgasmo.

La Asamblea, además de su sede en Montecristi y las cenizas de Alfaro que la acompañan, los besos, abrazos, lágrimas y bailes de despedida, nos deja, por fin, una tarea ímproba: tratar de desenmarañar el texto constitucional hasta que, ¡ojalá!, logremos entenderlo.

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