domingo 20 de julio del 2008 Columnistas

Bernard Fougéresbernardf@telconet.net

Íngrid Betancourt

Existe una realidad incontrovertible: aquella mujer corrió la misma suerte que otros secuestrados, no es difícil imaginarla víctima de maltratos, privaciones (siendo la más insoportable la carencia de libertad). Tampoco es necesario experimentar en carne propia la vida en aquel hostil medio selvático. Comparto con Rubén Darío Buitrón la necesidad que tenemos de ser humildes frente a una certidumbre siempre provisional. No pongo en tela de duda lo de cadenas y grilletes: dicho testimonio fue corroborado por otros secuestrados.

Quienes analizan el comportamiento de Íngrid rebuscando en su vida universitaria aventuras amorosas caen en la trampa del puritanismo que siempre aborrecí. Todos tenemos secretos de alcoba. Carla Bruni, primera dama de Francia, es buen ejemplo. Interesa su futuro como primera dama, pero al mismo tiempo respetaremos su libertad si fracasa mañana su compromiso matrimonial.

La idea de Betancourt haciéndose secuestrar como parte de una maniobra electoral luce descabellada. No conozco a ningún político suficientemente abnegado como para aceptar vivir durante seis años en medio de los insectos, el calor, la escasez, el más elemental aseo, tan solo con la esperanza de ser alguna vez presidente de la república. De haber realizado semejante hazaña, Íngrid merecería ser beatificada en el altar del proselitismo.

Que sea mañana vicepresidenta o presidenta de Colombia es posibilidad difícil de predecir. Sería continuación lógica de su vida política, ya que fue secuestrada cuando se postulaba para la presidencia en el 2002. No existe contradicción. Que sea éxito o fracaso su destino político, lo dirá el futuro. Pesan en la balanza el precio pagado durante seis años de reclusión, el respaldo masivo de todos los países del mundo, de lo contrario habría que pensar que Francia está equivocada al rendirle homenaje, que el papa Benedicto XVI no debería recibirla en audiencia, que esta ola de solidaridad en el mundo entero es parte de un farsa urdida por la misma Íngrid.

Tampoco me apasiona saber cuáles fueron los detalles del rescate, si Uribe recibió el apoyo de los Estados Unidos, si fue una hazaña de los servicios de inteligencia colombianos, si se pagó un rescate. Creo que de haber existido la posibilidad de canjear la libertad de los secuestrados contra dinero hubiera sido aceptada hace muchos años. Lo que pretendían las FARC era intercambiar a Íngrid por medio millar de rebeldes presos. No era cuestión de dinero.

Lo único que saco en claro y les ruego tomar aquello como un concepto muy personal, es que aquella mujer vivió una experiencia dura, dolorosa. No la imagino privándose voluntariamente de ver a sus hijos, a sus seres amados, renunciando al confortable modo de vivir al que estuvo acostumbrada, sin poder volver a ver a su padre, quien murió un mes después del secuestro.

No veo a Íngrid como santa, víctima, calculadora desalmada sino como un ser humano que acaba de cumplir un ciclo difícil de su destino. Tiene la absoluta libertad de elaborar su futuro, tanto en el plan personal como en el político. Después de seis años de reclusión, bien merecía tomar vacaciones. Tendrá tiempo de sobra para permanecer en Colombia de nuevo.
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