Los exteriores del antiguo Mercado Sur ofrecieron un ambiente interesante porque además de los puestos de víveres, mariscos, plátanos y frutas, que se vendían por ‘pilos’ de varias unidades, era el escenario de curiosos personajes.
Entre ellos había los que presentaban números de quiromancia, habilidad mental y manual. Así el domador de culebras que envolvía en su cuerpo al ofidio, que por momentos se enfurecía y abría amenazadoramente la boca.
Para impresionar al público ponía sus dedos en los dientes de la culebra. Otro momento la soltaba en el suelo para simular que se le escapaba. Allí se armaba el corre corre de los curiosos que presenciaban el acto, entre risas y apretujones.
Otro de los atractivos para los transeúntes era la jaula del periquito colocada sobre un aparato musical accionado con una manivela.
La avecilla de una cajita sacaba un papel donde se decía la suerte del interesado que había pagado diez centavos.
La mujer sin cuerpo, metida en un cajón que por su manera de construirlo solo permitía ver la cabeza. Ella también ‘adivinaba’ a su compañero que preguntaba cómo vestía la gente, qué cosas tenían en sus manos y hasta les hablaba sobre las enfermedades que sufrían y suertes del amor.
La rifa del Pan de Pascua, realizada con ayuda de una tómbola. Los boletos costaban cinco centavos y vendidos los 20 números el promotor accionaba la tómbola y sacaba el número premiado para alegría del afortunado.
Los remedios cúralo todo que los promocionaba un vendedor, también llamaba la atención de la gente.
El comerciante aseguraba que eran de un famoso laboratorio dueño de recetas secretas y milenarias que eran guardadas celosamente por ‘tribus amazónicas’.
Según él, desaparecían los malestares: desde los dolores del ‘padrejón’ hasta el de los callos.