Domingo 20 de julio del 2008 Religiosa y Obituarios

Lección de tolerancia

Otra parábola de campo y de semilla nos brinda el evangelio de la Misa: la del trigo y la cizaña.

Es un hombre al que le juega sucio un enemigo. Se aprovecha de que los criados duermen, y le pone junto al trigo, bueno bien sembrado, una simiente nociva.

Pasa el tiempo y nacen los retoños. Parece, por el verde que se aprecia, que será una gran cosecha. Pero empiezan a formarse las espigas y se manifiesta el fraude. No todo es trigo limpio y nutritivo. Hay la indigesta cizaña.

Los criados buscan una solución expeditiva: arrancar sin pérdida de tiempo la cizaña. Pero el dueño tiene fría la cabeza: “No –les dice a los sirvientes–, que al arrancar la cizaña podrían arrancar también el trigo. Déjenlos crecer hasta la siega. Y cuando llegue la siega diré a los segadores: arranquen primero la cizaña y átenla en gavillas para quemarla. Pero el trigo lo almacenan todo en mi granero”.

Porque se lo piden confiadamente, Jesús  decodifica la parábola a los suyos: el sembrador es Él y el campo el mundo. La semilla buena son sus partidarios y la mala los del Antitodo. El que siembra la cizaña es el Maligno. La siega es el fin del tiempo. Y los ángeles, los segadores.

En la parábola se deja claro que el Demonio no se toma vacaciones; que en la vida nos encontraremos con opositores; y que al final del tiempo la verdad será la vencedora.

Hoy me fijo en ese envejecer los buenos y los malos mientras dura el tiempo. Es decir, en ese convivir de los que están en la verdad con los equivocados. Y pienso que el Señor, al no dejar que arranquen la cizaña, nos ofrece una lección de tolerancia.

Desde luego, no pretende que caigamos en la trampa de pensar que todos los comportamientos son iguales. Lo que pretende es que admitamos en los otros, desde luego sin considerarlo bueno, algo que objetivamente es malo.

Pero ¿cómo puedo tolerar que mi vecino, por estar en el error, ponga en juego su felicidad eterna? He de responderme sin pestañear: la verdad no se impone sino en virtud de sí misma.

Por eso escribe San Josemaría: “Violencia, nunca. No la comprendo, no me parece apta para convencer ni para vencer; un alma que recibe la fe se siente siempre victoriosa. El error se combate con la oración, con la gracia de Dios, con razonamientos desapasionados, ¡estudiando y haciendo estudiar!, y repito, con la caridad”.
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