El hilo común que corre por las películas de Guillermo del Toro, desde Cronos (1993), su debut en el género de las películas de terror, hasta El Laberinto del Fauno (2006), su parábola ganadora del Óscar, es su profundo afecto por las bestias de apariencia horripilante. “No hay nada que disfrute más que crear fábulas sobre monstruos, sean humanos o no”, dijo Del Toro en una entrevista telefónica reciente, desde Londres. Su última película, Hellboy II: El Ejército Dorado, le proporcionó bastantes monstruos nuevos.
“¿Qué tal si las hadas de los dientes fueran importadas ilegalmente en contenedores para hacer trabajos serviles en la recolección de basura?”, dijo Del Toro. “¿Qué sucedería si los duendes tipo trols fueran simplemente mujeres indigentes que recogen gatos callejeros para comer?”
El resultado es una historia de bien contra el mal en la que Hellboy, un demonio heroico que trabaja para una agencia gubernamental secreta, pelea contra un despiadado príncipe elfo resuelto a destruir a la humanidad.
Las criaturas del Hellboy II no emanaron completamente formadas de la cabeza de Del Toro; nacieron como dibujos en sus diarios, acompañados de anotaciones en español (nació en México) y en inglés. Ha llevado diarios similares para todas sus películas (salvo para su próxima adaptación de El Hobbit de J. R. R. Tolkien, cuyos personajes son controlados por los herederos del autor; por cuestiones legales, limita esos bocetos a papeles sueltos o servilletas).
Algún día, dijo Del Toro, quizá publique su material gráfico, o quizá lo legue a sus hijas, Mariana, de 12 años de edad, quien también aprecia a los monstruos, y Marisa, de 6, que prefiere a Hello Kitty —“la cual aún creo es una mutante hidrocefálica de una gata”, dijo Del Toro.
DAVE ITZKOFF