Frente a la playa bordeada de palmeras, en Butaritari, remoto atolón del Pacífico, la vista bajo el agua es aterradora. Los corales están siendo tapados y asfixiados por una espesa alga, tan dura que hasta los peces que se alimentan de algas la evitan.
Se instala en las grietas del arrecife que habían sido hogar de peces, expulsándolos.
El coral muerto deja de sostener al ecosistema y, en un par de décadas, se derrumbará y se convertirá en escombros, lo que permitirá que grandes olas del mar lleguen a la playa durante las tormentas y destruyan las endebles cabañas de techo de paja de los micronesios.
“Cada vez capturamos menos peces, y las algas enredan nuestras redes”, dice Henry Totie, pescador de Butaritari.
El área afectada, de 6 kilómetros de longitud y 1,6 kilómetros de ancho, se encuentra frente a la aldea principal de la isla, reveló un recorrido submarino.
Lucía similar a la bahía Kaneohe, en la isla hawaiana de Oahu, donde el alga también se había propagado sin control.
Moiwa Erutarem, representante en Butaritari del ministerio de pesca, dijo que las mayores pérdidas las sentían los que utilizan redes en la mesa coralina poco profunda y no poseen botes para pescar en lugares más alejados. Los mariscos son la única fuente de proteínas en Butaritari, complementada con el fruto del árbol del pan, o yaca, y el coco.
Esta isla ecuatorial de 4.000 habitantes es la víctima más reciente de un esfuerzo de 30 años por exhortar a los pobres en las zonas costeñas de los trópicos a cultivar algas que, a pesar de no ser comestibles, producen carrageno, aglutinante y sustituto de la grasa cada vez más solicitado, utilizado en la industria alimentaria, sobre todo en los helados.
Hoy se producen unas 120.000 toneladas métricas secas al año, principalmente en las Filipinas e Indonesia, donde se originan las dos algas principales.
La kappaphycus alvarezii es la más cotizada por su alto contenido de carrageno; la eucheuma denticulatum es menos valiosa, aunque más fácil de cultivar.
Ambas fueron introducidas en las últimas 3 décadas a 20 países alrededor del mundo, desde Tonga hasta Zanzibar, y el resultado en la mayoría de los casos ha sido el fracaso o peor.
Hoy, Totie dice que la única forma de impedir que se destruya toda la laguna es que una compañía de algas ofrezca comprarlas. “Entonces, las personas irían a recolectarlas y desaparecerían en unos cuantos meses”, dijo. “Si esperan, el problema empeorará”.