Hace poco, en una mañana calurosa y polvorienta de junio, Susana Malcorra estaba de pie en medio del asediado Darfur, a las afueras de la ciudad central de Nyala, observando cómo unas pocas máquinas excavadoras se iban comiendo el terreno arenoso y lleno de montículos.
Malcorra, quien es la subsecretaria general de Naciones Unidas que trabaja como intendente principal para todas las fuerzas de paz, recuerda que intentaba imaginarse este páramo de casi 3 kilómetros cuadrados extendiéndose ante ella como un campamento terminado para más de 4.000 soldados y otro tipo de personal.
“Si lo miras, está muy, pero que muy vacío”, afirma Malcorra, que antes dirigía Telecom Argentina. Esta “sensación de vacío” pone de relieve precisamente cuánto trabajo queda por hacer antes de que haya una verdadera paz que mantener, añade.
El Consejo de Seguridad tendrá que renovar el mandato para las fuerzas desplegadas en Darfur el 31 de febrero, su primer cumpleaños, así que sus miembros se están preparando para un debate sobre por qué hay tantas cosas sin acabar. Para empezar, analizarán dificultades locales, retrasos burocráticos y problemas logísticos. Pero al menos algunos diplomáticos, responsables de Naciones Unidas y grupos activistas están empezando a percatarse de que para poder abandonar ese callejón sin salida habrá que visualizar la situación desde una perspectiva más amplia, es decir, considerar los problemas de Sudán como un fracaso diplomático y tratar sus conflictos entrecruzados y la paralización de los suministros como una gran crisis, en lugar de como un conjunto de problemas.
Enumeran cuatro problemas complejos e interrelacionados:
- Las múltiples fuentes de violencia. En Darfur tiene lugar la ahora archiconocida guerra entre rebeldes mayoritariamente negros y sus tribus, por un lado y, por otro, las milicias árabes Janjaweed con lazos con el Gobierno. Pero también hay una contienda sangrienta entre el Gobierno de Sudán y Chad, al otro lado de la frontera, donde se han refugiado muchos rebeldes de Darfur. Y la lucha por la secesión por parte de los rebeldes cristianos al sur de Sudán, que se interrumpió gracias a un acuerdo de paz en 2005, ahora muestra signos de estar reavivándose.
- La composición híbrida de las fuerzas de paz. Diseñadas para aunar a los soldados de la Unión Africana con una variedad de fuerzas tradicionales de la ONU, son raquíticas en cuanto al número y carecen de equipamiento esencial, como helicópteros.
- La pesadilla logística. El equipamiento para las tropas se ha de transportar por el país, en el que las buenas carreteras brillan por su ausencia.
- La intransigencia del presidente de Sudán, Omar al-Bashir. Su Gobierno crea, de múltiples maneras, obstáculos para las fuerzas de paz de la ONU y los grupos humanitarios que están intentando ayudar a los civiles atrapados en el conflicto.
Pero los problemas del presidente Bashir no se acaban aquí. El 14 de julio, Luis Moreno-Ocampo, primer fiscal del Tribunal Penal Internacional de La Haya, solicitó formalmente una orden de arresto en su contra acusándolo de genocidio y de crímenes contra la humanidad cometidos durante los últimos cinco años de derramamiento de sangre en Darfur. La ONU calcula que el conflicto se ha cobrado la vida de 300.000 personas y ha desplazado a 2,7 millones.
Preocupados por las posibles represalias contra su personal al haber intentado conseguir una orden de arresto en contra del presidente, los cooperantes y las fuerzas de paz de la ONU incrementaron la seguridad en Darfur.