Es mexicana y escribe los guiones de las películas de su esposo, el director Arturo Ripstein. Estuvo de visita en Guayaquil.
Alicia Paz Garciadiego es la guionista de al menos 12 de las películas del cineasta mexicano Arturo Ripstein y, además, su esposa. Colabora con él desde 1985, luego de conocerlo, cuando Ripstein era ya un director consagrado y ella una cinéfila con estudios de ciencias sociales y literatura, que laboraba en la Universidad Autónoma de México. Había escrito también series históricas para radio y televisión, porque conocía a la perfección la historia de su país, y textos que se editaron en revistas universitarias. “Lo que uno necesita para escribir guiones es saber contar, y saber contar es un don del cielo”, afirma.
Tiene tres hijas, pero no del matrimonio con Ripstein. Él, por su parte, tiene dos. “Las doce películas son nuestros hijos en común”, comenta Paz, después de fumar un cigarrillo y ponerse un chal, “porque había venido preparada para el calor, pero no hace calor”, señala. En el hotel, el aire acondicionado enfría el ambiente. Es jueves al mediodía y Paz está de visita en Guayaquil, invitada por el cine Ochoymedio (que realiza programación en la Sala 9 de Supercines de Los Ceibos). En la noche tenía previsto brindar una lección de cine sobre la película Profundo carmesí, la cinta suya que más se ha visto en el país. Es un filme que explora la soledad, la marginación, la crueldad, lo sórdido, como muchas de las cintas de esta guionista, de 59 años.
El lado oscuro de los seres humanos, los extremos, lo marginal, son como una línea de su trabajo de guionista. ¿Lo ha asumido como una estética?
Me interesa hablar más de las partes sórdidas que de las luminosas. En ese sentido somos muy parecidos Ripstein y yo. Tenemos un gusto compulsivo por buscar esos elementos absurdos, lóbregos. Ahí yo me encuentro contenta y satisfecha y es ahí donde encuentro el alma de mis personajes. El dolor es un estilete que me permite entrar al alma
humana.
¿Por qué a Ripstein lo llama con el apellido y no con el nombre, que sería una forma más cercana de referirse a él?
Ripstein comenzó a filmar muy chico, a los 21. Yo tenía 14, leía las secciones de cine de los periódicos y él aparecía allí. Yo era su fanática y cuando lo conocí era como un acto presuntuoso llamarlo Arturo. Guardando todas las distancias, pero uno no le dice Jorge Luis a Borges. Ni Mario a Vargas Llosa, entonces le empecé a decir así y nunca puedo llamarlo Arturo. Ya tenía cerca de 10 o 12 películas filmadas cuando lo conocí y a mí me gustaba muchísimo su cine. Yo me lo imaginaba viejito, porque los directores, al menos antes, casi no salían en fotos, y en realidad era un hombre que me llevaba solamente seis años.
¿Ripstein le sugiere temas o usted se los propone?
A veces los temas se le ocurren a Ripstein. A veces se me ocurren a mí. A veces a ambos. Somos muy coincidentes en gusto. El momento de mayor intimidad creativa es cuando tenemos que decidir cuál es el tema de la próxima película, elegir la historia que queremos contar. Ya luego lo que sigue es oficio. Escribo, se lo entrego y me da pánico porque a estas alturas es mi único lector y si no le gusta, mi último lector. Él me hace sus observaciones, me dice qué quiere o qué no quiere, me pide imágenes muy puntuales y yo trato de meterlas en la medida de lo posible. Trabajamos mucho. A un guión le puedo hacer hasta 15 o 16 versiones.
¿Si no fuera guionista de Ripstein, con qué director le gustaría trabajar?
Me gustaría haber trabajado con Visconti, con Capra. Con Lucrecia Martel o Benito Zambrano. Hay muchos directores que me gustan, pero que somos distintos. No porque me guste su cine podría trabajar con ellos. Y estoy a gusto con Ripstein.
¿Otros cineastas la invitan a colaborar con ellos?
Sí y no. Cuando empiezo a hacer un guión para otro cineasta, me dicen: “Pero está muy ripsteiniana esta historia”.
¿Y no es tal vez que el cine de Ripstein es paciano?
No. Creo que somos los dos y, además, nos hemos ido forjando y modificando el uno al otro. Al trabajar juntos uno se va modificando, moldeando.
Uno de sus filmes más suaves es El coronel no tiene quien le escriba, basado en la obra de García Márquez.
Es la única película nuestra que se puede pasar en un avión, porque es para todo público, y la única que le puedo prestar a mi mamá para que se la enseñe a sus amigas y que no le retiren la palabra. Cuando leí el libro pensé en una adaptación y dije que la gran virtud de El coronel... era su trama tan sencilla. En este caso, mi reto era preservarla.