Como el común de los mortales, estudié en el bachillerato una materia que se llamaba Economía Política, con el tradicional contenido que iba desde los orígenes etimológicos de la palabra, pasando por las principales doctrinas hasta llegar a los básicos conceptos de los fenómenos generales. Una línea izquierdista de mi carrera me puso frente a libros que sintetizaban el pensamiento marxista –nunca conocí a nadie que hubiera leído todo El capital– y aprendí a ver algunas expresiones de la vida como propias de las “superestructuras”.
Todo eso queda lejos. La vida concreta nos zarandea entre los conceptos y las realidades. En los últimos años he venido escuchando la gran demanda hacia medios de comunicación y a los analistas especializados de proveernos de las herramientas indispensables para entender lo que más nos agobia: que la sobrevivencia se haga tan desafiante, tan loca, tan pesada. Y un programa radial que recibía llamadas cargadas de crítica de parte de los oyentes a la conducción del Estado, puso el detonante para llegar a este artículo.
La gente de a pie, el ciudadano común, el ecuatoriano luchador y afanado de cada día, está agobiado. No es suficiente que le ofrezcan una Constitución renovada, que se abra el capítulo del ajuste de cuenta a los banqueros, que se inauguren proyectos y se reciba mandatarios extranjeros con la oferta de la colaboración, de la creación y el desarrollo. Eso no basta para hacerle sentir que el país ha tomado otro rumbo y que su vida entra en un compás de cambio y mejoría. No, no es suficiente.
El encarecimiento de los productos domina la existencia diaria. ¿Para qué enlistar todo lo que cuesta más desde que nos ilusionamos con la idea del cambio? Y en esa dimensión absolutamente precisa: la del presupuesto familiar, la del sueldo que no alcanza, la del recorte de las actividades “superfluas” (mis amigos y alumnos hoy se agrupan para comprar libros y prestárselos entre ellos porque –para escándalo de cualquier colectividad educada– los libros están entre los gastos que deben reducirse), se cristaliza la decepción o la esperanza de un pueblo.
Y hoy son innumerables los que aprovechan los mínimos canales de expresión al alcance general –cartas a la redacción de los periódicos, llamadas telefónicas a las estaciones de radio– para barbotar el coraje de la frustración. O la impaciencia por medidas que no cambian nada.
Soy consciente de que me estoy refiriendo a las personas que siquiera cuentan con trabajo e ingresos estrechos aunque seguros. Pero… ¿y los desempleados? ¿Y los jubilados con pensiones de hambre? ¿Y el enorme conglomerado que está detrás de la línea de la pobreza?
Como les decía a mis lectores, no sé economía. Ni siquiera tengo tiempo para ponerme a estudiarla y velar por mi propio futuro de alguna manera previsiva e inteligente. Solo miro cómo se han agigantado los gastos y se han reducido las esperanzas. Solo escucho y leo con preocupación a mis conciudadanos. Y es triste abordar el día a día, entre las apreturas del encarecimiento.