Poco después, el álbum Puta’s Fever registró una oda a la ciudad desde donde declara a todo pulmón: “Guayaquil city va a reventar / tanto calor no se puede aguantar”.
Aquellas rimas acompañan mi cabeza mientras pienso que, cada día, treinta y ocho grados centígrados destemplan los ánimos del más aguerrido caminante citadino.
Sin embargo, nuestras prendas, los propios guardarropas guayacos, acogen tales temperaturas de manera peculiar: camisas, buzos y ternos negros, correas, medias y hasta largas barbas y cabelleras, las cuales son –¿sorpresa?– negras también.
Los abogados visten como neoyorquinos en diciembre, generando visiones de un Wall Street criollo del infierno. Oficinistas usan trajes diseñados con recargados patrones, pañuelos que atarzanan los cuellos de las chicas y una cromática de colores más cercanos al suelo que al cielo.
Si los tonos favorecen poco, la selección de telas tampoco se queda atrás: exóticas piezas afelpadas, camisetas de polialgodón 100% picante, jeans de alta densidad y licras sudorosas.
Las señoras pasean por el malecón investidas con largas mangas y adolescentes patinadores hacen gala del infame beanie, espeso gorro tejido capaz de freír el pensamiento.
Sería ingenuo decir que esto es moda reciente: la Comisión de Tránsito lleva años paseándose frente a nuestros ojos con uniformes que, de haber sanción al abuso de temperatura, pagarían altas tasas en sus propias ventanillas.
En resumen, hace rato nos estamos asando.
Seguro muchos pensadores relacionan el tema con nuestros magros avistamientos del primer mundo, estilos aparecidos en figurines y enlatados de pantalla que poco entienden de necesidades tropicales. Yo creo que estamos así porque simplemente no existe algo mejor.
Proponer es acto de unas pocas mentes inquietas y gran parte del tiempo estamos obligados a aceptar el reciclaje que el gran comercio nos vende. ¿Donde están nuestros diseñadores de moda cuando los necesitamos?
Vestir a una sociedad debe tomar en consideración parámetros más allá de gustos personales y tendencias superficiales; nuestros rasgos físicos, idiosincrasias y el clima bajo el cual nos desempeñamos son ejemplos pertinentes.
Miles de ideas gotean por mi cabeza: experimentos que actualicen la guayabera, frescos casimires en cortes contemporáneos, trajes nacidos en el lado claro de la luz y uniformes elegantes que destaquen por su ligereza, no por la cantidad de piezas.
En un Guayaquil ideal, las sandalias reemplazarían a los zapatos, los uniformados no lo estarían tanto, y sería motivo de liberación, no de encierro, sacarse la camisa para tomar el sol o remojar la cabeza en el parque más cercano.
Ironías de la vida, la temperatura inclemente es el motor que nos pone en marcha, calores capaces de generar esa tan ponderada alegría y calidez nuestra.
Recuerdo a Manu y entiendo un poco más esta olla de presión llamada Guayaquil. Una ciudad en donde rasgarse las vestiduras no es solo una frase dramática, sino también un acto de supervivencia.