Podría repetir, con propiedad y por experiencia personal, lo que dice Carlos Ruiz Zafón en su última obra, tan vendida aunque no sé si tan leída en España y en América (porque aunque parezca mentira hay gente que compra por esnobismo un libro), “un buen susto cardiovascular y uno cree hasta en Caperucita Roja”, pues incluso los malos pensamientos saltan apresurados por la ventana cuando ocurre algo como eso; pero no lo repito porque, al mismo tiempo, esa cercanía no deseada al precipicio, crea prudencias, madureces y serenidades que –con el paso del tiempo– permiten ver las cosas desde los más diversos ángulos y con diferentes perspectivas, a veces casi sin pasiones, aunque esto es difícil de creer porque las pasiones son consustanciales a la autoestima y a la sangre, es decir a la vida.
El párrafo precedente se puede traducir en el sentido de que no creo todo lo que promociona ni todo lo que censuran los ciudadanos opositores por un lado, ni el Gobierno por otro, pues cada uno tiene sus motivos particulares para impulsar sus visiones y sus deseos. Todavía no puedo decir, con honestidad intelectual, si la Constitución nacida de la actual Asamblea Constituyente es buena o mala, pues no conozco a plenitud todo su contenido y su redacción final.
La presunción que tengo es que un número tan pequeño de juristas, de entre 130 constituyentes, no puede orientar con estrictez lo que debe contener una Constitución, y que aquellos que carecen del conocimiento para formular una ley –por lo que significa su elaboración bajo la técnica jurídica que los legos minimizan– pueden cometer errores más serios, de fondo y de forma, que quienes tienen la formación respectiva.
Sin embargo, tratando de preservar la credibilidad de mis lectores que no quiero perder, no puedo decir a ciegas si la Constitución del presidente Correa es buena o mala. Lo que he hecho hasta ahora es comentar fragmentariamente en algunos artículos ciertas instituciones cuyo texto ha trascendido, pero prefiero aguardar su publicación final para comentar su contenido, con sinceridad ciudadana y con rigor académico, es decir conforme corresponde.
Pero debe quedar muy claro –lo cual ignora la mayoría de los asambleístas– que hay temas que la Asamblea Constituyente no puede reformar aunque tuviera el 100% de los votos de sus integrantes, y esos temas tienen que ver con los derechos humanos básicos, como el respeto a la vida, como la no imposición de penas infamantes, como el derecho a la defensa dentro de cualquier proceso, algunos de los cuales lucen vulnerados más por ignorancia que por mala fe. Todo Gobierno tiene sus santos y sus demonios, de lo cual podría dar fe, con lujo de detalles, el difunto presidente Velasco Ibarra, y pasa lo mismo con el gobierno de Correa, pues hay gente que estima que las decisiones positivas son escasas y que las negativas son la mayoría, como también sucede al revés, por lo que hay que esperar ese producto tan promocionado y tan lleno de vicisitudes como es la nueva Constitución para poder opinar.
Lo importante es que exista el ethos en el sistema político, lo que implica una conducta con principios, y que el interés particular ceda ante el interés público o social, es decir lo comunitario sobre lo privado.