viernes 18 de julio del 2008 Columnistas

De rodillas

Ante toda esta vorágine de sucesos que siguen sacudiendo nuestra otrora isla de paz, considero justo reflexionar sobre las causas de algunos de ellos.

Primero, hay que reconocer la habilidad e intuición política (pese a su corta experiencia) del Presidente para saber cuándo apretar y cuándo aflojar la caña, como aquellos experimentados pescadores en alta mar.

Porque Rafael Correa recibió la mesa “servida” de la partidocracia que devastó el Ecuador por casi 30 años, olvidando que esto es efímero y transitorio.

Pero para “ingerir” los alimentos de la mesa, tuvo primero que saltar el último gran escollo que le quedaba: el blindaje constitucional. Y lo hizo a través de la consulta, la destitución de los destituidos y luego restituidos, de los manteles cesados y ahora, de la Asamblea de los plenos poderes.

Ese banquete es el que le ha permitido y le permitirá gobernar con popularidad el Ecuador por algún tiempo más.

Usted dirá, amigo lector, a qué banquete me refiero.

Le explico:

Quienes gobernaron el Ecuador, directamente o a través de la presión a los gobiernos de turno, en virtud del control de los otros poderes del Estado, le hicieron tanto daño al Ecuador, que solo basta revisar por encima del “muerto” para encontrar las huellas de la corrupción, del despilfarro, de la ineficiencia, del abandono y de las omisiones dolosas.

Hay tanta “ropa tendida” que Rafael Correa tiene un arsenal de argumentos para seguir golpeando a la partidocracia, cuando las encuestas le pasen la factura por el desgaste de un gobierno que no gobierna.

Así es que cada vez que las encuestas denoten el deterioro de su popularidad, sacará de su bolsillo una nueva incautación, o un nuevo escándalo de corrupción de los ex dueños de la patria, o de sus protegidos, para recordarle al pueblo que él es diferente.

El problema es que no creo que su gobierno sea tan diferente de los anteriores.

Lo que sucede es que nadie se atreve a salir al frente a investigar y denunciar los excesos y abusos que seguramente existen en el actual gobierno, salvo la prensa seria y valiente, que cada día por ello, se gana el desprecio y los ataques del supremo líder.

Son los políticos de oposición quienes tienen la obligación de exigir la rendición de cuentas de los gobernantes.

El problema es que, salvo honrosas excepciones de las que he hablado en anteriores artículos, la mayoría de estos no tienen calidad moral para hacerlo y por el contrario, han adoptado un “perfil bajo” a ver si el Gobierno se olvida de ellos y de sus “travesuras”, que seguramente ya están bien identificadas y calientes en el horno, para cuando vuelva a caer la popularidad en las encuestas.

Igual sucede con ciertos gremios, otrora cunas de líderes comprometidos con las causas empresariales, que desde hace algún tiempo han guardado silencio ante los atropellos de la aplanadora verde.

Lamentablemente para ellos, ese silencio no compró la dispensa del ajusticiador, quien de todos modos los arrasó, no solo por opositores taimados, sino además, parecería,  por cobardes y bailarines.
Siempre será más difícil callar una voz altiva y crítica que una silente y temerosa.

Bien lo decía Winston Churchill: “…El valor es la primera de las cualidades humanas, porque es la que garantiza a todas las demás”.
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