- JUL. 17, 2008 - Foto - El Gran Guayaquil - EL UNIVERSO
Recuerdos de Guillermo Rodríguez Alvarado, periodista y escritor.
Hasta hace unos cuantos años las misas requerían de un acólito o monaguillo, que podía ser un niño, un adulto o una persona mayor, para que responda en latín los salmos que en dicho idioma pronunciaba el sacerdote desde el introito ad altare dei hasta el ite misa es.
Y para que traslade el misal, voluminoso libro en latín, hasta el atril llamado con el libro encima: misal, y para que vacíe en el copón el vino y el agua de las tinajeras que el oficiante tenía que, con la forma (hostia), consagrar para luego comulgar con ellos.
En las misas con uno o tres sacerdotes, rezadas o cantadas, uno de los monaguillos hacía oscilar el incensario, para mantener el carbón encendido y que el incienso despida humo perfumado cuando uno de los oficiantes glorifique al Señor ofreciéndole esta ofrenda.
En la comunión el monaguillo debía colocar con la mano derecha la patena bajo la barbilla del que recibía la eucaristía, y con la izquierda la palmatoria con la vela encendida, como otro acto sublime de adoración al Santísimo.
El monaguillo tocaba la campanilla en el santus y en la elevación. Un acólito de aquellos ganaba 0,25 sucres por misa. Acolitando cuatro al día recibía un sucre.
Al término de la misa, oficiante y acólito, tomando en sus manos el copón revestido de su ornamental cubierta y el misal, respectivamente, se situaban de pie frente al Sagrario, hacían una profunda reverencia y entraban en la sacristía, donde frente a un ara, el sacerdote se despojaba de sus ornamentos y el acólito de su misal, con otra reverencia.
Ahora todo se ha adulterado y simplificado. Parece que el Papado quiere regresar a los antiguos tiempos, ya que, hoy por hoy, el fraile lo hace todo, restándole solemnidad a un rito al que se va por costumbre más que por devoción, con las espaldas, barrigas y canillas peladas enseñando el ombligo. ¡Sin el velo blanco o negro que era obligación! ¿Recuerdan?