EE. UU.
El resurgimiento alarmante de Al-Qaeda y el talibán en Afganistán y Pakistán hace que sea aún más imperativo que Estados Unidos empiece a planear un retiro rápido y ordenado de Iraq.
Durante demasiado tiempo, la desastrosa guerra por elección del presidente Bush en Iraq ha drenado los recursos y la atención al más alto nivel de la guerra por necesidad en Afganistán. Estadísticas nuevas y sombrías subrayan justo qué tan mal van las cosas allá: murieron 46 soldados estadounidenses y aliados en Afganistán en junio, más que durante cualquier otro mes desde que empezó la guerra en 2001. Y, por segundo mes consecutivo, las muertes en combate en ese país excedieron las de las fuerzas lideradas por Estados Unidos en Iraq, donde murieron 31.
El reciente descenso en la violencia en Iraq es una muy buena noticia, pero aún tiene que casar con reformas políticas esenciales. En lugar de planear una reducción drástica de tropas estadounidenses, la Casa Blanca está usando su éxito autoproclamado como una excusa más para quedarse. Es casi seguro que el sucesor de Bush heredará un Iraq con al menos 130.000 soldados estadounidenses aún combatiendo allá.
Hasta ahora, casi todo el debate en las campañas presidenciales se ha centrado en si debería darse un retiro y cuándo. El senador John McCain dice que se quedará hasta que se consiga “la victoria”. Sin embargo, no ha explicado del todo qué significa eso o cómo se puede lograr, mucho menos cómo se puede conseguir mientras, en forma simultánea, se encamina a los extremistas en Afganistán.
El senador Barack Obama está en lo correcto cuando dice que Estados Unidos debe retirarse de Iraq para poder terminar la lucha en Afganistán. Sin embargo, tras prometer empezar de inmediato a retirar una o dos brigadas mensuales, ahora está flexibilizando las opciones al sugerir que permitirá que el ejército establezca el ritmo.
Lo que se necesita es una discusión pública mucho más seria por parte de los dos candidatos sobre lo que planean hacer para cumplir con lo que se han comprometido, así como para garantizar que el caos en Iraq no se salga más de control o se propague aún más allá de sus fronteras.
Por fortuna, dos informes nuevos –uno del centrista Centro para una Nueva Seguridad Estadounidense, y el otro, de una fuerza de tarea de tendencia liberal, en la que participan algunos miembros del Congreso y muchos académicos– están planteando esas preguntas mucho más complicadas. Tienen diferencias, en especial en cuanto al momento oportuno del retiro, pero dirigen el debate en la dirección correcta. Lo más notable es:
-¿Qué apoyo necesita Iraq para asegurar las elecciones provinciales programadas para fin de este año –una oportunidad crucial para que los sunnitas alienados tengan un papel más importante en el gobierno–, y para que las elecciones nacionales de 2009 sean libres y justas?
-¿Qué tipo de ayuda necesita el gobierno iraquí para restablecer unos dos millones de iraquíes desplazados internamente y otros dos millones que han huido a Siria y Jordania?
-¿Qué se puede hacer para promover las reformas estancadas desde hace mucho tiempo, y para alentar la reconciliación? ¿Debería llevarse a cabo una conferencia internacional?
-¿Debería Estados Unidos buscar mantener una fuerza limitada para operaciones específicas de contraterrorismo o para impedir la injerencia del exterior?
-¿Tendría Washington más influencia –y una mayor oportunidad de conseguir ayuda– si se retirara por completo o negociara una disminución más lenta con los iraquíes?
Con dos guerras en curso, la transición del presidente Bush a su sucesor será más riesgosa que cualquiera en la memoria reciente. Los candidatos presidenciales deben empezar a explicar, al detalle, cómo planean manejar las guerras en Iraq y Afganistán.