Hay un personaje del que quizás ustedes no hayan escuchado, me refiero al ruso Lev Vigotsky, de quien se ha dicho que fue “el Mozart de la psicología” porque dejó una obra genial, aunque solo llegó a los 38 años de edad.
Como tantos otros genios, Vigotsky murió casi en el anonimato. Sus libros solo se comenzaron a publicar después de su muerte, en 1934, pero inmediatamente fueron retirados de los estantes de las librerías por la dictadura de Joseph Stalin.
Vigotsky se consideraba marxista, pero eso no le impidió leer a autores occidentales como Sigmund Freud o Jean Piaget, y criticar las ideas oficiales sobre psicología refrendadas por el Partido Comunista.
Una actitud tan independiente no era compatible con el estalinismo, así que el nombre de Vigotsky simplemente fue borrado de los anales hasta mediados de los años setenta, cuando de algún modo se publicaron varios de sus textos en Europa occidental y alcanzaron un rotundo éxito.
Piaget, que recién entonces pudo leerlo, reconoció en él a un gran científico y admitió que muchas de las críticas que Vigotsky le hiciera tres décadas atrás –sin conocerse mutuamente– eran acertadas.
El mayor aporte de este genio fue haber comprendido que el lenguaje no nace en el interior del ser humano sino afuera, y que nos llega desde el mundo que nos rodea, cuando nos ponemos en contacto con él e intentamos transformarlo.
Para poner un ejemplo muy sencillo (quizás demasiado, porque en estas cosas es fácil esquematizar), el niño no comienza a decir “mamá” porque comprenda el significado de esa palabra, ni siquiera porque quiera comunicarnos algo, sino simplemente por repetición de los sonidos que escucha de sus padres.
Solo con el tiempo ese “mamá” se interioriza y, paulatinamente, va convirtiéndose en el equivalente verbal de la figura materna. En ese momento se produce, añade Vigotsky, un salto colosal en el niño, que por primera vez comienza a dominar el pensamiento abstracto, uno de los grandes descubrimientos de nuestra especie.
Vigotsky se ha puesto parcialmente de moda en Ecuador hoy en día entre aquellos profesionales que estudian el desarrollo del lenguaje del niño, sus problemas y posibles terapias. Sin embargo, sus textos –como los de tantos otros especialistas en estos campos–, todavía no se han difundido lo suficiente, debido seguramente a la pobreza material de nuestro caudal bibliográfico, sea nacional o extranjero.
Me acordé de Vigotsky estos días, cuando conversaba con algunos amigos sobre el ambiente intelectual en nuestro país. Hoy el poder alienta los dogmas antes que el pensamiento crítico, las alabanzas antes que los desafíos. Discrepar es casi un pecado capital y solo se admiten pequeñas disonancias. Ese es el modo de ascender.
En ese contexto, ¿cuántos Vigotsky cometemos el riesgo de frustrar?
* Crítico literario.