EE. UU.
Cada vez resulta más difícil seguir engañados. Día con día llegan nuevos hechos para que saquemos la cabeza de la arena.
Dos semanas atrás, el New York Times informó que cuatro gigantes petroleros de Occidente estaban a punto de firmar contratos sin carácter obligatorio que los llevaría de vuelta a Iraq, la tercera fuente más copiosa de petróleo en el planeta. Era el tipo de noticia para la que viven grandes empresas petroleras.
Emocionados ejecutivos cantando Oh, Happy Day (Ah, día feliz) podían oírse en las oficinas corporativas de Exxon Mobil, Shell, Total y BP, que habían sido excluidas de Iraq a lo largo de 35 años.
De manera similar, nos enteramos en esta semana que un grupo de asesores estadounidenses, encabezados por un equipo del Departamento de Estado, desempeñó una participación clave para trazar los contratos entre las empresas y el gobierno iraquí. Chevron y varias compañías petroleras de menor tamaño también obtuvieron contratos.
El presidente Bush y el vicepresidente estadounidense, Dick Cheney, ambos ex ejecutivos de petroleras, han intentado desde hace ya mucho decirnos que esta guerra era sobre el terrorismo, que se relacionaba con las armas de destrucción masiva, con llevarle libertad y democracia al pueblo iraquí, que se trataba de cualquier cosa menos el petróleo.
Bush dijo: “No podemos esperar a la prueba definitiva: el arma humeante que podría llegar en una nube con forma de hongo”.
Él no esperó. No tuvo importancia que Saddam Hussein no representara una amenaza inminente para EE.UU. O que Iraq no tuviera nada que ver con los atentados del 11 de septiembre del 2001. Se enviaron tropas a la batalla a principios del 2003, y después de más de cinco años y más de 4.000 muertes estadounidenses, aún no se vislumbra un final cercano a la guerra.
Uno de los ejemplos más claros de las prioridades de Estados Unidos se produjo durante el estallido de una ola de saqueo que siguió a la caída de Bagdad. Con la violencia y el caos por doquier, las tropas estadounidenses recibieron la orden de proteger un objetivo particularmente apreciado: el Ministerio del Petróleo de Iraq.
Como escribió David Rieff en la New York Times Magazine, en noviembre del 2003:
“Esta decisión de proteger tan solo el Ministerio del Petróleo –no el Museo Nacional ni la Biblioteca Nacional, ni el Ministerio de Salud– probablemente hizo más que cualquier otro elemento para convencer a los iraquíes preocupados por la ocupación de que Estados Unidos estaba en Iraq solo por el petróleo”.
Qué conveniente que la peculiar perspectiva de la administración Bush, obsesionada por el petróleo, ahora pueda ser aprovechada para asesorar al gobierno iraquí en lo tocante a sus inusuales contratos, sin mediar un proceso de licitación, con grandes intereses petroleros.
Los mismos contratos no son descomunales. Son como las llaves de un codiciado llavero que empezarán a abrir las puertas que conducen a las vastas reservas de petróleo iraquí. Como informó el Times este lunes: “En tiempos de notables aumentos de precios en el petróleo, los contratos sin previa licitación, en un país que tiene algunos de los mayores yacimientos del mundo aún inexplorados y potencial para vastas ganancias, son un raro premio para esta industria”. Un premio, sí. Pero ¿a qué precio?
Además del terrible precio en estadounidenses e iraquíes muertos y heridos, la guerra en Iraq ha desviado la atención y recursos de problemas cruciales aquí en Estados Unidos, donde el mercado de viviendas ha quedado obstaculizado, el mercado accionario se ha desplomado, el galón de gasolina ha subido a más de cuatro dólares, la tasa de desempleo está aumentando y un número extraordinario de familias trabajadoras plagadas por las deudas está empezando a caer por un abismo financiero.
Incluso al tiempo que empresas petroleras gozan de pasmosas ganancias, muchos estadounidenses –¡en julio!– ya están preocupadísimos con respecto al costo potencialmente devastador de calentar sus hogares el invierno próximo.
Y después está el denominado combate al terrorismo.
La noticia más reciente es que Al Qaeda, la red terrorista que efectivamente atacó a Estados Unidos, se ha reagrupado exitosamente en las áreas tribales de Pakistán y ha reconstituido su capacidad de instituir ataques terroristas desde la región.
Para una Administración que está íntimamente ligada a la industria petrolera, el atractivo de las enormes reservas de Iraq fue más fuerte que, incluso, el impulso de conquistar a un enemigo que asesinó a más de 2.700 civiles el 11 de septiembre, cifra mayor a la de estadounidenses muertos por los japoneses en Pearl Harbor.
Al referirse a integrantes de Al Qaeda que se reagruparon en Pakistán, el Times informó el lunes de esta semana:
“Oficiales en activo y ex oficiales militares y de los servicios de inteligencia dijeron que la guerra en Iraq desviaba constantemente recursos y atención de alto nivel de las áreas tribales. Cuando oficiales estadounidenses de las fuerzas armadas y servicios de inteligencia solicitaron aeronaves Predator no tripuladas a fin de sondear las áreas tribales, les respondieron que los aviones no estaban disponibles ‘porque habían sido enviados a Iraq’”.
Quién sabe cuánto tiempo pasará antes de que Estados Unidos se desenrede de cualquier manera significativa de Iraq. Lo que pueden apostar es que este país no logrará grandes avances en la política energética, cobertura de salud, en la reconstrucción de su infraestructura, el mejoramiento de sus escuelas públicas o en la reducción de la disparada deuda pública y privada hasta que termine nuestro compromiso indefinido con esta catastrófica guerra multibillonaria.
¿Cuánto tiempo hará falta para que finalmente lo entendamos?
© The New York Times
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